La
experiencia, la vivencia en el campamento por el Humedal La Conejera.
La
experiencia, la vivencia en el campamento, ha sido un trasegar espiritual, en
el cual se han desenvuelto multitud de formas de interpretar el mundo, diversos
contenidos que obligan a reflexionar seriamente sobre la realidad, analizando
con audacia y una sutil alegría el andamiaje del sentir y el pensar que
subsiste en el mundo. Todo cambio es importante, siempre necesario. Es posible
dentro del humedal cobrar conciencia de esto al percibir los notorios cambios
de la fauna, de la flora, el agua que cada se ve más y más golpeada por la
indolencia, por el cinismo. En el discurrir de la realidad es la contradicción
la que nos permite profundizar en su contenido, es la que ocasiona nuestra
desventura, la conciencia de nuestra opresión. Suscita nuestro interés esa
serie de relaciones que nos permiten concebir lo que en términos generales cabe
designar como el direccionamiento de nuestro ser. Nuestro ser orgánico e
inorgánico que en nuestros días ha marcado una escisión abismal, expresa irónicamente
y también tristemente el clamor que en el eco del oxígeno pútrido viaja, vuela:
Ya para qué seguir
siendo árbol,
Si el verano de dos
años
Me ha arrancado las
hojas y las flores…
Ya para que seguir
siendo árbol
Si el viento no
canta en mi follaje
Si mis pájaros migraron
a otros lugares
Ya para qué seguir
siendo árbol
Sin habitantes
A no ser esos
ahorcados
Que penden de mis
ramas
Como frutas prohibidas
en otoño.
Raúl Gómez Jattin
Existe
una pregunta de alguien de la comunidad que da inicio precisamente a la cuestión
acerca del porqué llegamos hasta aquí los habitantes del campamento. ¿Será que
como racionalmente lo hacen los irracionales, podremos defender nuestro pequeño
territorio? Esto nos lleva a pensar en las formas ideológicas, discursivas que
convencionalmente se establecen a la hora de definir la Naturaleza, a la hora
de demostrar la proposición “el ser humano hace parte de la naturaleza”. De
manera dogmática se ha querido omitir dicha demostración sencillamente porque
si se trabaja con las diversas determinaciones que ofrecen diferentes herramientas
teóricas y prácticas damos cuenta de manera racional el devenir del medio ambiente,
de los daños que el mismo ha sufrido y de los posibles medidas que es necesario
adoptar para detener la destrucción del mismo; esto que es explícitamente la
autodestrucción de nosotros mismos. Sin embargo, quienes creen ser dueños de la
realidad creen que la finalidad de su ambición es lo único que debe mantenerse
en el devenir de la historia del territorio. Por lo que hacen caso omiso de
aquello que lleva a considerar la evolución que sobre la vida en general existe.
Lo triste del asunto en esta serie de acontecimientos que afectan a la
naturaleza es que se mantenga la poca participación política de la ciudadanía,
la comunidad, lo que de forma contraria, la actividad revolucionaria de la
misma, permitiría hacer frente a las
formas arbitrarias de conducir la realidad ambiental. La perpetuación de este
tipo de arbitrariedades se debe al silencio que desde antaño se impone a
quienes ancestralmente han vivido en estos territorios. A quienes confirman de
manera perentoria la necesidad de rastrear nuestra historia y contar de manera
objetiva lo que somos nosotros mismos. Lo dificultoso es sencillamente el
esfuerzo que implica el analizar la economía, la política, la cultura de
nuestra estructura social y ofrecer con ello la respuesta a la cuestión sobre
nuestro devenir como seres humanos y nuestra posición como seres pertenecientes
a la naturaleza. Este esfuerzo que la
comunidad debe realizar se ha desarrollado objetivamente en el acantonamiento
del campamento que de parte de aquélla, se estableció para impedir la entrada de
materiales para la construcción de un proyecto urbanístico denominado Reserva
Fontanar, alojado en el costado suroriental del Humedal La Conejera. Terrenos que
fueron permutados después de haberse convertido en espacio público y por ello
adquirir el carácter de inalienabilidad. En este campamento se ha hecho
presente un conjunto de fuerzas que se oponen en forma unitaria al accionar de
los que pretenden ser dueños de la realidad.
En
el proceso de la resistencia nuestro accionar y pensar se ha visto fuertemente
trastocado, tenazmente removido por las implicaciones que existen cuando se
generan cambios contundentes en cuanto a las formas de vida cotidianas que en
el mundo urbano se hacen relevantes. Aquello que cobra una importancia que cada
vez se ve reducida en este mundo urbano, como lo es la reflexión sobre el
alimento, sobre el agua, sobre el pensamiento ancestral aquí llama la atención por el modo en que se
obtienen estos elementos. Refutando aquello de que sólo mediante el dinero es
posible adquirir cosas. No obstante el principio de la igualdad que aquí se
establece debido al hecho de compartir entre todos y todas, el alimento, la
palabra, el respeto y la pasión es algo que requiere de mucho trabajo, logrando
con ello un sentido de comprensión
objetivo sobre la realidad.
En
el devenir histórico del campamento se hacen presentes tres aspectos
fundamentales sobre los cuales se genera un equilibrio que permite abocarnos
con seguridad a la realización de nuestro objetivo. Por un lado esta nuestra
actividad física: acciones como construir un rancho para alojar muebles para
sentarnos y hablar sobre la situación en la que nos hallamos, desde tablas de
madera hasta sofás encontrados en la calle, para albergarnos entre el fuego de
los leños, la madera que se trae de varios lugares. Este hecho semeja una
suerte de resurrección frente a lo que significó el derrumbamiento de la
antigua Casona de la Hacienda Fontanar del Río, que de modo ilegal fue traspasada
por las máquinas de demolición que contribuyeron a su vez a la tala
indiscriminada de árboles, en un espacio de 8.606.82 metros cuadrados. Este
fuego que ha surgido de las cenizas ha sido testigo de manera permanente de la
mirada impertérrita que durante el día y la noche no cesa de esculpir su movimiento
por sobre la superficie ondulante de las llamas. Llamas que ofrecen su calor,
un calor que enamora ante los prolongados tiempos en que la ausencia del calor
hace mella en los brazos, las piernas, los pechos, los dedos de los pies. Obligando
a los sujetos a acercase demasiado al fuego que en ocasiones genera el
derretimiento de las suelas de los zapatos, tornándose ese hecho en algo
jocoso. Bajo aquel rancho guardamos los
alimentos que son el producto de la solidaridad de la comunidad, de organizaciones
sociales de carácter popular, del trabajo artístico que los integrantes del
campamento realizan cotidianamente. Obras hechas con malabares, con el tejido
que como técnica antiquísima se despliega entre las manos. Aquellos ojos de
dios o mandalas que cuelgan en cada carpa, carpas que florecieron también como
el fruto de aquella resurrección. Las voces, los cantos con guitarra, con
bafle, con flauta, tambor y gaita, que
desbordan mediante el verso el canto sobre una realidad siempre inquietante. Voces
que hacen su presencia dentro del campamento y fuera de él. En el campamento
como canto vespertino que transforma aquella sensación de frio en un calor
interno que pretende informar sobre la reconciliación del ser humano con
aquellas aves que no cesan de cantar, arrullar con cantos melodiosos. Fuera del
campamento, sobre la baldosa, el asfalto de las calles, el olor emanado por el
tráfico al amanecer, el atardecer, el tráfico nocturno. Voces desplegadas en
los buses, en el transmilenio, en los restaurantes, en las instituciones que no
hicieron presencia ante el catastrófico hecho que aquellas voces pretenden
derribar. Voces que se disuelven entre los medios de información y en aquellas
otras actividades de diversa índole que el pueblo nunca ha cesado de producir. Alimentos
obtenidos mediante el retaque, yendo a las plazas de mercado, cercanas al lugar
así como en lugares como Corabastos, puesto que la cantidad de alimentos que se
desperdicia ahí es numerosa. Nuestro trabajo cotidiano consiste en traer la leña,
traer el agua, cocinar comida vegetariana, lavar los platos, trabajar en la
huerta, hacer pagamento, recogiendo la basura de los parques aledaños, los
desperdicios de los canes que de manera irracional se han encontrado colgando
en las ramas de los árboles. Hemos hecho pozos secos para evitar hacer nuestras
necesidades sobre la tierra. Estas obras logran conectarnos de forma coherente
y como organización cotidianamente y de ese modo mantener la moral del grupo.
Otro
aspecto fundamental es el trabajo psicológico, mental de cada uno de nosotros.
Se ha hecho evidente la conjugación de diversas culturas, distintas ideologías,
diferentes pensamientos que si bien no encuentran en forma aparente puntos en
común no se pretende establecer la imposición de una ideología sobre otra. Esto
es algo que si se tuviera en mente desgastaría al grupo y lo abocaría a
desconocer, poco a poco, su horizonte, el foco central al que se dirige nuestra
visión: la protección del humedal. Para no perder dicho horizonte nada más
necesario que recorrer el territorio que protegemos. Nada más interesante, por
ejemplo, que los recorridos nocturnos a lo largo del humedal. Recorridos por
sobre los jarillones que se emplazan al borde del humedal, el Canal Afidro y el
rio Bogotá. Jarillones que sin embargo no representan una certeza clara acerca
de la satisfacción y la seguridad para la comunidad respecto a los posibles
desbordamientos del rio o del humedal. No se explica el hecho de que la Amenaza
alta que representa este sector haya cambiado de estado a Amenaza Media. Por lo
demás que ese cambio sugería la estabilidad de los jarillones. Pero pese a los
avisos de emergencia el barrio “Caminos de la esperanza” sufrió la inundación llevando
así a considerar porqué se omitieron dichas emergencias cuando el jarillon ya
había sido recomendado y diseñado con recursos del distrito mediante contratos
pagados. Al caminar en la noche sobre estos caminos es posible contemplar el
nido de las miles de garzas que reposan sobre los juncos, el chandur. También
es posible percibir la afectación que sobre esta parte de humedal obran en
contra suya la luz que emanan los postes del barrio ya anotado. En uno de los
bordes de aquel canal, que se contrapone a aquel borde donde se asienta la
construcción hemos sembrado arboles como jazmines africanos, cedros, fucsias
bolivianas, mano de oso, etc. Cabe recordar que dicho Canal no fue reportado ni
por el constructor ni por el propietario en sus planos demarcatorios. Obviando
así el riesgo que sobre el mismo cabe esperarse si se efectúa la construcción. Cuando los arboles van secándose se les aplica
compostaje, ceniza, pasto seco y los sujetos de esta acción emitimos cantos
cuya intención es cantarle a la vida de la planta. De igual modo se hace con
las plantas de la huerta. Sobre el jarillón antiguo es posible ver a lado y
lado la vegetación nativa y foránea. Cuando se camina paralelamente al límite
del parque zonal y el barrio “Caminos de esperanza” es posible evidenciar la
poca densidad de la vegetación nativa lo que permite el que el ruido emitido
por el barrio afecte también al humedal. Estos momentos son aquellos que se
experimentan al caminar por la noche y lo que obliga a nuestro pensar a
sincronizarse.
El
tercer aspecto tiene que ver con la acción social. Dirigiendo nuestra
preocupación por realizar actividades que tiendan fundamentalmente por la
defensa del medio ambiente, por la comunicación cada vez más extensiva, por la
educación y la cultura, por la movilización, por la protección jurídica del medio
ambiente, por la vida interna del campamento. Una acción cuya esencia radica en
develar la serie de trabazones, el nudo de anzuelos, que se disfrazan bajo la
apariencia de lo que sucede “normalmente” De aquello que parece no generar una
real afectación sobre este ecosistema. Cuando el Consejo de Bogotá hizo
presencia en el humedal Susana Muhamad, directora de Secretaria de Medio
Ambiente, dijo que esta obra no afectaba al humedal. Paso seguido afirma que en
realidad todo implica afectación. Por
ejemplo realizar una acción de cualquier índole como correr objetos o
transportarse de un lugar a otro (de la Secretaria al Humedal, por ejemplo) llegando
a la afirmación de que para que algo no sufriese afectación prácticamente debe
no existir. Con qué tipo de contradicción nos encontramos entonces: Si el
humedal existe y sin embargo recibe una afectación real, pero se alega por
parte de Secretaria de Ambiente que para que algo no sea afectado no existe y
sin embargo el humedal no sufre afectación, se concluye finalmente que el
humedal no existe. Contra lo que se lucha en el campamento es con una forma de
direccionar la realidad para el cual la inexistencia de los humedales ya está
sentenciada. En efecto los principios que guían el derecho ambiental como son
los de prevención y precaución y que aparecen en la Constitución se han
revelado como un total fraude, puesto que importa más el prospecto de 19
proyectos sobre dicho sector o las 80
licencias que permitirían la construcción en los cerros orientales. Este olvido
que genera lo inexistente ha permitido que surjan fenómenos como el cerramiento
inadecuado del humedal, que por lo demás esta ejecutado mediante una resolución
que nunca se publico oficialmente (resolución 250 del 94), como la aparición de
múltiples conexiones erradas tras inoperatividad y falta de mantenimiento de
los humedales artificiales.
En
síntesis aquellos estadios por los cuales transita cada ser humano, aquello que
produce con sus manos, el trabajo que implica el desgaste de músculos y nervios,
y el desarrollo de su conciencia social sufren un cambio radical cuando cambian
las condiciones sociales en la que habita cada sujeto. Condiciones sociales en
las cuales se pretende acabar con la necesidad ilusoria de adquirir plusvalía sin
tener claro las consecuencias nefastas sobre la naturaleza. Condiciones
sociales que buscan la reconciliación del ser humano con la naturaleza y así
impedir que los irracionales sigan dirigiendo la realidad ambiental.
Andrés Acosta Barrera.
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