RELATOS DE UN LUGAR NO FUE LEJOS DE ACÁ



RELATOS DE UN LUGAR NO FUE LEJOS DE ACÁ. Andrés Acosta Barrera 30 de Julio 2015
“El mayor peligro para el pueblo es que le tengamos lástima y  nos apiademos de él”
Wilhelm Reich

“El muerto, puesto que ha liberado su ser de su obrar o de su unidad negativa, es la singularidad vacía, solamente un pasivo ser para otro, entregado a merced de toda baja individualidad carente de razón  y de las fuerzas de materias abstractas, a la primera por la vida que tiene, y a las segundas, que, por su naturaleza negativa, son ahora más poderosas que él”
Hegel
"Ay, pero él es tan sólo un poeta; no un amante"
X- 504
"Cuando terminaste de vomitar, viste con estupefacción como aquellos desechos reflejaban tu rostro". Yo
<<Enterrar a los muertos, como está escrito, es una obra de misericordia>>
Gabriel García Márquez. La Hojarasca

Existe en general el prejuicio de que todo tiempo pasado fue mejor; pero lo dificultoso de esta expresión es que aquellos que la afirman contribuyen de alguna manera a la realización de aquel pasado. Sin comprender a cabalidad la forma y el contenido de aquel pasado. Sin reconocer así la bochornosa máscara que se adopta al apoyar posturas de tal índole. Yo crecí en un barrio que lentamente cambiaba su estructura arquitectónica. De ser vastas extensiones de potrero pasó a convertirse en un nido de casas y más casas y también apartamentos. En estos últimos un fenómeno muy interesante surgía. Eran lugares que aprisionaban de una manera más sutil y sinuosa a sus habitantes, reprimiéndolos terriblemente.  Seres que vivían corroídos por el miedo de que les robaran lo poco que tenían, seres que poseían cierta dignidad por vivir en ese encierro y disfrutar así de mezquinas comodidades; crecí en una barrio donde por extrañas circunstancias se empezó a callar y era más frecuente usar el delito como excusa; la excusa tal vez para romper con ese silencio. Era más o menos así como lo captaba en ese instante. Luego de ello se fue combinando el interés por el dinero, la necesidad de trabajar, satisfacer las necesidades sexuales, consumir drogas, adoptar una postura atea, convivir entre los círculos donde se consume bazuco, heroína, marihuana, alcohol, donde se habla de la insignificancia de la vida, pero ¡ahh! Que placer en estos lugares donde se hallaba la poesía; y comprender así que ésta no era la simple excusa de un falso amorío o la expresión de un sentimiento enclenque, tal y como se lo cree en el barrio que yo vivo; en aquellas cuevas la poesía resurgía, tímida al principio y luego vehemente.
Me embargo el sentimiento de la divinidad durante mi infancia. Quise retratar delante de mí el rostro de dios y sentir de ese modo el consuelo mordaz que genera dicha representación. Conviví mucho tiempo con falsas palabras en mi boca. Arrodillado ante mi propia producción mental. Rezando a mis propios anhelos de satisfacción y perfección. En medio de todo quizá era un deseo obsesivo por acercarme a otros seres, sentir el fulgor que significa convivir en comunidad; enlazar con presteza las manos de alguien desconocido y sentir el nauseabundo poder entre las venas; era en aquel tiempo un sentimiento fantástico, divino, místico; considero en este instante que todo ello serviría para un análisis psiquiátrico.
No obstante era tan fuerte el nauseabundo olor que desprendía la simple palabra dios que me vi en la necesidad de alejarme de ese cadáver. Un cadáver arrojado en un espacio oscuro y silencioso. Expulsado de un planeta para el cual ya no había cielo o infierno, arriba o abajo; un matemático dichoso anunciaba que el cielo había sido abolido, expectantes por ello empezábamos a girar y a girar, una y otra vez, alrededor de un sol sospechosamente quieto.
Jugaba al futbol. Creía que jugaba bien, desde muy pequeño. Luego esta actividad se volvió una obsesión para muchos. Pero también la marihuana. También el cigarrillo, también el alcohol. Poco a poco estos elementos eliminaron en mí cualquier impulso por el deporte. Más cuando empecé a enceguecer mi visión. Me atreví sin ningún tipo de cordura a lanzar mi visión hacia el luminoso astro. Y como Galilei o Borges perdí mi visión. Poco a poco, lentamente. Tuve que comprar gafas. Toda aquella energía que poseía se veía canalizada en los libros y encontré en ellos un refugio seguro, un hogar confortable; surgió en mí una necesidad obsesiva por leer; durante horas, días, y ahora que recuerdo lo hacía por el deseo de desvincularme de mi realidad cotidiana. Sobre todo de aquellas peleas entre mis viejos, expresándose con palabras mordaces, sumamente agresivas, trayendo a colación peleas de antaño; y así durante mucho tiempo.
La obsesión por los libros me llevo a encontrarme con Dostoievski, Goethe, Dante Alighieri, Andrés Caicedo, Friedrich Nietzsche, Thomas Mann, Hermann Hesse, Anne Rice, Antón Chejov, Fernando González, Alejandra Pizarnik, García Márquez, Baudelaire, Asunción Silva, Sade, Miller, etc. ; aquellos primeros autores con los que empecé a entablar una relación fructífera, jocosa, embadurnada de rebeldía y oposición frente a cualquier dominación, buscando un perpetuo refugio en una soledad inaplazable, tomando autonomía respecto a los pelaos y las peladas del colegio y del barrio. No sé por qué pero la náusea brotaba cada día, un putrefacto aire se apoderaba sin que muchos lo notasen; creí en su momento que aquella peste significaba alguna falencia que partía de mi organismo; por lo que muchas veces llegaba a mi casa y golpeaba mi cuerpo, golpeaba mis piernas, mis brazos, lloraba en el pasillo del apartamento, y sin comprender nada corría de un extremo a otro de la casa, lanzándome desde terribles alturas y escupiendo en la frente a las nubes que se interponían cuando me detenía a ver la Luna. Todo esto era una obsesión por comprender. Por comprenderme a mí mismo. Pese a todo aquel recorrido que sobre las palabras tenía, mi cerebro se encontraba sumamente adaptado en la estructura del lugar que me vio nacer y tantas veces perecer. Por lo que ante mis ojos se desplegaba una aparente riqueza; bastaba correr y correr a través de calles, a través de los caños de los barrios cercanos, a través de calles estrechas y sucias; también me detenía ante las formas complejas en las que se movían las nubes, percibiendo las letras de los avisos en un bus, avisos que siguen ahí, hablando de comida, de peluquerías, de herramientas, avisos que se convertían en mi obsesión cada vez que subía a un bus; sin querer preguntar pues no había respuesta alguna, esto sí que era extraño, ¿por qué muchos se olvidaban del por qué? Convivían en mi ciudad casas y casas, arboles, los días y los días, las noches y las noches. Los gritos y clamores eran los de todos los días y todas las noches, provenían de las mismas casas, los mismos árboles. Traspasaban a través de mis oídos con un olor sepulcral las mismas conversaciones, las mismas ordenanzas y caprichos de toda índole que sobre nosotros, me refiero a mi hermano, mi hermana y a mí, se efectuaban. De nuevo las preguntas y los silencios. Pareciera que cosas como el terror se hubieran incrustado cómodamente en la cabeza de cada habitante de este lugar. Sobre la superficie del suelo se delataba la sangre. Para mí era un océano que lentamente nos ahogaba. En este caso las mismas balas, los mismos machetazos, los mismos recorridos de ensoñados campos extensos, la oscuridad entre cuevas, preparando armas antiquísimas y cazar así algún animal, para comerlo crudo, desgarrar con las manos su cuerpo suave y moribundo; días y noches cada vez con una mayor tensión. Pareciera que por esto las cosas iban cambiando, lentamente, pero cambiando. Cambios muy extraños, por lo demás. Era como si cosas como el destino, si tal palabra tiene aún validez, estuviese ya escrito para nosotros, casi como un murmullo que decía: estamos destinados a perecer de forma ineludible, quizá de una manera más terrible, más sanguinaria que en cualquier otra época. Con el tiempo aquella sangre se convirtió en dinero. Y así los ojos se enceguecían cada vez más. Así fue posible que nos arrodilláramos ante el crimen. Solicitarle su cobijo. Vengo a ti: oh Dinero, se mi baluarte, no sé a qué tipo de caminos he de someterme en este fangoso lugar y tengo la certeza de que de alguna manera el dinero de acá me sacara.

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