Introducción a Descartes

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Descartes es considerado el fundador de la filosofía moderna en tanto descubre la subjetividad. La negación del lenguaje del escolasticismo, la negación del lenguaje de Aristóteles, lo obligo a buscar el fundamento de la experiencia. Dicho fundamento se centra ahora en el pensamiento, como aquel motor del cual parten todas las representaciones.
En el discurso del método encontramos precisamente una modalidad del pensar que es la apropiada para demostrar la objetividad del pensar. Esto es la duda. Descartes alerta sobre la dificultad que para muchos se establece a la hora de tomar la resolución de alejarse de las opiniones y los prejuicios creados por el ejemplo y las costumbres. Si bien Descartes habla de la utilidad de los diversos saberes que aprendió con los jesuitas, señalo la incapacidad de dichos saberes por consolidar un saber seguro que permita caminar, según sus palabras, tranquilamente en la vida. Sobre las costumbres y sobre el ejemplo de los preceptores se lanza la duda cartesiana pues al momento de contrastar las costumbres de otras culturas da cuenta de que lo que se consideraba racional en su tierra se considera irracional en otras tierras, del mismo modo que en otras tierras lo que se considera racional en su tierra se lo considera irracional y bárbaro. De ahí que el conocimiento basado en el ejemplo y la costumbre sea susceptible de ser refutado por otro tipo de experiencias, las cuales demuestran que aquellos no son los verdaderos criterios para dirigir la razón. La duda entonces se desplaza al plano de la individualidad que pregunta por aquello que percibe mediante sus sentidos. Da cuenta que su visión lo engaña pues al ver ciertas cosas de lejos y darles un nombre, estando ya cercas cambian de figura. Este cambio ocurre también al relacionar un determinado ruido con algún objeto para dar cuenta luego que ese ruido y ese objeto son diferentes de los que primeramente concebía. Para señalar la ineficacia de establecer la sensibilidad como única facultad que percibe la realidad, Descartes se remite al sueño. Pues a través del sueño tenemos experiencias que parecen experimentar una mayor viveza que las experiencias de la vigilia. De manera que podría estar soñando que estas manos que escriben obre esta hoja son falsas, como también es falso el bombillo que está en el cuarto, así como es falso el cuarto mismo. No satisfecho con esta abstracción es posible dudar sobre el universo mismo como una falsa ficción producto de un sueño.
Quizá en el mundo falso del sueño las verdades matemáticas sigan manteniendo su orden independientemente de si se está dormido o despierto. Estas figuras, estas líneas, aquellos símbolos como la suma, la resta, la división y la multiplicación son ideas que no dependen de las sensaciones. De ahí que tanto dormido como despierto 2 + 3=5
Hasta ahí parece que todo acaba. Parecería hasta aquí que la matemática es el único criterio que al abstraerse de la experiencia se convierte en el fundamento de la misma. Pero la duda sigue resonando, sigue latiendo. ¿Qué ocurría si un genio maligno me obligase a creer en la verdad de la matemática y sin embargo sigo creyendo que es algo cierto y verdadero? ¿Cómo es posible entonces salir del engaño? ¿Cómo llegar a la verdad si ésta es el producto de la falsedad de aquel genio?  Hasta aquí parece que no existe resolución alguna. Una tras otras pasan las experiencias sensibles y las experiencias pertenecientes al pensar y sólo se encontrara la duda y la desconfianza a cualquier tipo de representación que se presente. Pero estando al borde del total escepticismo Descartes afirma: si el genio maligno es capaz de engañarme, si es capaz de sumergirme en un mundo de ilusiones y fantasía, es necesario que yo sea algo. Si no fuese algo difícilmente podría engañarme. Si soy algo, una cosa ¿qué tipo de cosa soy? ¿qué tipo de objeto soy yo? Si a lo largo de esta meditación no he hecho otra cosa que dudar, pudiendo abstraer la totalidad del universo, de lo único que no puedo dudar es que precisamente sigo dudando. La duda se determina como una forma de pensar y como esta duda puede ser algo irrefrenable, Descartes afirma Pienso luego existo. He aquí que el fundamento de la realidad radique en el pensamiento pues es aquello de lo cual no se puede dudar. El descubrimiento de Descartes consiste precisamente en que el pensamiento es como una máquina que no cesa de funcionar.  Una máquina que de ahora en adelante es atributo de todos los individuos.

 “El buen sentido es lo que mejor repartido está entre todo el mundo, pues cada cual piensa que posee  tan  buena  provisión  de  él,  que  aun  los  más  descontentadizos  respecto  a  cualquier  otra  cosa, no suelen apetecer más del que ya tienen. En lo cual no es verosímil que todos se engañen, sino que más  bien  esto  demuestra  que  la  facultad  de  juzgar  y  distinguir  lo  verdadero  de  lo  falso,  que  es propiamente  lo  que  llamamos  buen  sentido  o  razón,  es  naturalmente  igual  en  todos  los  hombres;  y, por lo tanto,  que la diversidad  de nuestras  opiniones  no proviene  de que unos  sean  más razonables que  otros,  sino  tan  sólo  de  que  dirigimos  nuestros  pensamientos  por  derroteros  diferentes  y  no consideramos   las  mismas  cosas.  No  basta,  en  efecto,  tener  el  ingenio  bueno;  lo  principal  es aplicarlo  bien.  Las  almas  más  grandes  son  capaces  de  los  mayores  vicios,  como  de  las  mayores virtudes;  y  los  que  andan  muy  despacio  pueden  llegar  mucho  más  lejos,  si  van  siempre  por  el camino recto, que los que corren, pero se apartan de él.”
El sentido común, el buen sentido, etc. se define como la facultad de juzgar o distinguir entre lo verdadero y lo falso; la demostración de esto se halla en la diversidad de opiniones que se manifiesta por doquier; dicha facultad está presente en todos los hombres. Sin embargo “No basta, en efecto, tener el ingenio bueno; lo principal es aplicarlo bien” En lo que toca a dicha aplicación es imprescindible la elaboración de un método, plantear un modo de ver las cosas que nos permite llegar a la objetividad; una serie de reglas que brinden la llave para abrir el camino del conocimiento. Camino por lo demás extenso y en el cual la resignación ante el camino es lo que surge a flor de piel. Diversos momentos constituyen este camino: el principal de ellos es la autognosis o mejor dicho el famoso precepto “conócete a ti mismo”; determinando plenamente el contenido del individuo, y las formas que constituyen su ser, es posible hablar de sus posibilidades de extensión y con ello el nivel de su aplicabilidad.
Los criterios que darán la pauta para la veracidad del conocimiento son la claridad y la simplicidad, por lo que bastaran reglas simples y claras que indiquen la estructura del método, son dichas preceptos elaborados por Descartes los siguientes:
  “Fue el primero, no admitir como verdadera  cosa alguna, como no supiese con evidencia que lo es; es decir, evitar cuidadosamente  la precipitación  y la prevención, y no comprender en mis juicios nada  más  que  lo  que  se  presentase tan clara y distintamente a mí espíritu, que no hubiese ninguna ocasión de ponerlo en duda.
  El segundo, dividir cada una de las dificultades, que examinare, en cuantas partes fuere posible y en cuantas requiriese su mejor solución.  
El  tercero,  conducir  ordenadamente  mis  pensamientos,  empezando  por  los  objetos  más  simples y más fáciles de conocer, para ir ascendiendo  poco a poco, gradualmente,  hasta el conocimiento  de los más compuestos, e incluso suponiendo un orden entre los que no se preceden naturalmente.
Y  el  último,  hacer  en  todo  unos  recuentos  tan  integrales  y  unas  revisiones  tan  generales,  que llegase a estar seguro de no omitir nada.
 Esas  largas  series  de  trabadas  razones  muy  simples  y  fáciles,  que  los  geómetras  acostumbran emplear,  para  llegar a sus más  difíciles demostraciones, habíanme  dado  ocasión  de  imaginar  que todas  las  cosas,  de  que  el  hombre  puede  adquirir  conocimiento,  se  siguen  unas  a  otras  en  igual manera, y que, con sólo abstenerse de admitir como verdadera una que no lo sea y guardar siempre el  orden  necesario  para  deducirlas  unas  de  otras,  no  puede  haber  ninguna,  por  lejos  que  se  halle situada  o por oculta  que esté, que no se llegue  a alcanzar  y descubrir.”  
El ejercicio reflexivo de Descartes (1596-1650) logro la plena elaboración de lo que es la subjetividad. Considerando este concepto como parte fundamental de la construcción de la  filosofía moderna. La razón de esto estriba en que es la razón la que determina la forma de la realidad. Esto lo comprobamos al hablar en términos de longitud, altura, profundidad. Los conceptos que desde este punto de vista vienen a desarrollarse constituyen poco a poco la trama, la constitución de la razón. El logro pleno de esto lo encontramos en la Crítica de la razón pura (1781) en la cual encontramos una investigación cuyo objetivo es dar cuenta del cuerpo de la razón. El método deductivo es el mismo en ambos casos. Tanto para Kant (1724-1804) como para Descartes se hace necesario partir de unos principios, unos supuestos a partir de los cuales se desarrollan una serie de conclusiones; las limitaciones de dicho estudio las otorga el desarrollo de los conceptos mismos. De ahí que partir del yo sea esencial, pues cada proposición, cada juicio elaborado por éste, implica una construcción previa del individuo, que responde a ciertas categorías, ciertas estructuras a priori. La profundización filosófica cobra en este sentido un valor mayor pues los cuestionamientos se extienden a todos los contenidos del lenguaje y la materia con la que el individuo tiene un encuentro inicial.[1]
¿En qué consiste la fórmula de la duda metódica de Descartes?
¿De qué manera contribuye Descartes a la reflexión filosófica?
¿En qué consiste el descubrimiento de Descartes?


[1] Sobre esto Kant considera que las dos fuentes del conocimiento son la sensibilidad y el entendimiento. “Como introducción o nota preliminar, sólo parece necesario indicar que existen dos troncos del conocimiento humano, los cuales proceden acaso de una raíz común, pero desconocida para nosotros: la sensibilidad y el entendimiento. A través de la primera se nos dan los objetos, A través de la segunda los pensamos”. Kant, Immanuel. Crítica de la Razón Pura. Traducción de Pedro Ribas. México: Ed. Taurus, 2008. Primera edición en Alemán 1781. P. 60, 61https://www.youtube.com/watch?v=PHL980UEIc8

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