Hegel: reconocimiento y negación del pensamiento.
ENSAYO FILOSÓFICO
Andrés Acosta Barrera.
¿En qué consiste el reconocimiento y la negación del pensamiento
desde Hegel?
Introducción.
Es
sabido en el ámbito de la tradición del pensamiento occidental las dificultades
que se presentan en el momento de realizar la tarea de interpretar a un autor
cuya complejidad está expresa en la totalidad de las obras de su pensamiento.
Esto se evidencia en la obra de un pensador cuyo papel reflexivo ha logrado
abarcar las múltiples esferas presentes en la existencia histórica del ser
humano. Desde los pensadores de la época de los orígenes filosóficos del
pensamiento occidental, hasta el día de hoy, se ofrecen muestras y
manifestaciones de la complejidad contenida en el lenguaje humano y de la
refinación que la especie humana ha logrado en su proceso de reflexión. Esto
que se dice simplemente busca recordar que no es fácil la tarea de analizar los
pensamientos filosóficos de la cultura occidental, puesto que la satisfacción
de una exposición clara y concreta de un determinado sistema filosófico, ha de
estar sustentada en presupuestos o categorías de diverso orden y sentido,
sujetas todas a la dinámica activa y sofisticada del carácter interpretativo
del pensamiento.
En
el presente trabajo se pretende hacer un tratamiento del concepto de la
subjetividad en el prologo de la Fenomenología del Espíritu, así como en la
introducción de esta obra, y algunos capítulos de la parte que corresponde al
capitulo general de la conciencia. El problema esencial a discutir consiste en
la preocupación por el reconocimiento del pensamiento, en razón de que se pone
de manifiesto una posición del pensamiento cuyo fundamento se sitúa en la
suposición de negar las cualidades intrínsecas, propias del pensamiento. De un
modo más sencillo se trata de un dialogo entre una propuesta que expone el
carácter activo de la razón frente a una posición que niega dicho carácter,
suponiendo así una determinada realidad sin mediación del pensamiento.
Cabe
advertir que la propuesta en mención es una posibilidad que se desprende de la
vasta gama de relaciones, vínculos, vías, perspectivas, contenidas en el
trabajo de este autor, donde se pone de un modo constante la idea de que el
sujeto es el real fundamento de la experiencia y la objetividad. Como idea
constante y que se sugiere en los párrafos de los textos ya mencionados, es la
subjetividad un concepto cuya definición ha de precisarse para captar el real
sentido de estas obras. Como algo que
está puesto como parte fundamental de la dialéctica en lo concerniente al
análisis conceptual, esto es, el examen de las ideas implícitas en tal
concepto, se expondrán, aquellas ideas implícitas en este concepto de la
subjetividad, logrando de este modo una aproximación al pensamiento de Hegel.
El concepto de la subjetividad.
En
el segundo párrafo de la Fenomenología del Espíritu, Hegel (2002, pág. 8) pone un ejemplo, (cosa
poco usual en él, así como en Kant) que indica el modo o la manera como se ha
de pensar la filosofía dialéctica. Se habla ahí de una planta que está
constituida por varias partes tales como el capullo, la flor, el fruto; partes
de la planta que en su totalidad configuran el cuerpo de la planta. Cualquiera
que haya visto una planta podrá suponer que ese objeto fue primeramente una
semilla, y que mediante un proceso bastante complejo aquella semilla pudo ser
la planta que está puesta enfrente. Hegel supone la situación en que no se
admite la diversidad de esos elementos pertenecientes a la planta como una
sucesión de partes necesarias para el crecimiento de ésta, por el contrario, se
admite que cada una estas partes, cada parte por sí misma y excluyendo a las
otras, es la verdad o lo real de la
planta. Para algunos la realidad de la planta está en el capullo, para otros en
la flor, para otros en el fruto, etc. Es difícil creer en una situación de esta
índole, pero para Hegel significa esta analogía, el modo como se pone de
manifiesto una forma de interpretación, que niega la posibilidad de pensar las
relaciones de los distintos momentos de la planta. La planta puesta frente a
cada uno ha ser observada como un proceso de desarrollo en el que intervienen
distintos momentos: la semilla, el tallo, el capullo y la flor.
Quizá
sea preciso explicar ese proceso a quien no haya visto tal desarrollo y que ha
considerado como una mentira la afirmación de que la planta proviene de la
semilla. Comprenderá este sujeto que la planta no es solamente ese cuerpo de
hojas, capullo, fruto y flor -cuyos momentos no se relacionan o que aparecen de
un modo inmediato como relación accidental y contingente -sino que esa planta es
en realidad un proceso complejo, algo que es imposible advertir a primera
vista.
Si
en lugar de ubicar la palabra planta -cuya representación es interesante para
aproximarse al modo como Hegel advierte al lector cuáles son los prejuicios de que
ha liberarse para aproximarse de un modo objetivo a la comprensión de su
obra- ubicamos la palabra filosofía, se
entiende que no cabe admitir una representación de la filosofía de forma
univoca o unilateral. Ciertamente, ante la complejidad de los sistemas
filosóficos, de las obras que han hecho su manifestación en distintos periodos
y épocas históricas, cabe advertir la dificultad de definir cuál es la múltiple
relación existente entre los distintos sistemas filosóficos, las diversas
posiciones del pensamiento. Parece que es más sencillo indicar la imposibilidad
de pretender poner en dialogo estas posiciones del pensar y admitir de un modo
inmediato, que unas son verdaderas u objetivas, y que otras posiciones son
falsas, meramente abstractas, etc.
El
recuadro general en el que el lector se sitúa en esta lectura se define como la
consolidación de las “tareas científicas del presente”. Frente al desarrollo
del pensamiento y la posibilidad de ejecutar una reconstrucción histórica de
tal desarrollo, Hegel advierte evitar el prejuicio que supone la separación, la
aparente contradicción, entre distintos modos de comprender la filosofía. Bajo
la idea de que el pensamiento del sujeto constituye la base de la totalidad del
lenguaje humano –sus representaciones y sus conceptos- no es valido poner
diferencias definidas como la exclusión o la absoluta contraposición entre
sistemas de pensamiento pertenecientes, sin embargo, a la generalidad del
pensamiento.
La
certeza de que el pensamiento o la subjetividad constituyen la base de la
objetividad, de la realidad, tuvo su comienzo como lenguaje filosófico en la
obra de Descartes. Yo pienso, luego
existo, tal como lo señala Hegel en la Enciclopedia, (1974, pág. 64) se convierte en el interés reflexivo
fundamental de la filosofía moderna. Bajo la consideración de que la duda
permea a las ideas que se presentan como algo firme e independiente del sujeto,
transformando aquella solidez y pétrea manifestación en algo fluido y que no
permanece como algo fijo, se observa con detenimiento aquella fuente, a partir
de la cual, deviene todo el cúmulo de las ideas, las representaciones, las
imágenes, los conceptos, etc. No está exenta la filosofía hegeliana de aquella
actitud de perpetua negación y duda sobre aquello que constituye la forma y el
contenido del pensamiento. Temas como la cultura, las costumbres, la ley, la
moral, la religión, la educación, y demás, caen bajo la férula de la duda y el
escepticismo, el cual se proyecta sobre el área total de la conciencia. Todo
aquello que se manifiesta como pensamiento es sometido a la duda, de modo que
nada escapa al poder avasallador de lo que Hegel llama la negatividad, la
negación de aquello que aparece como algo externo e independiente del sujeto o
de lo que simplemente se manifiesta como lo otro. Yo pienso luego
existo, es el resultado de la duda presente en el campo general de las ideas y
los pensamientos, logrando la certeza de que el sujeto está en un trabajo
perpetuo, en el cual la razón es un motor que no cesa de detenerse y que ahora
obra como fuerza productiva, en la dinámica de la transformación de la
naturaleza. [1]
Del
mismo modo Kant indica el carácter dinámico y activo de la razón en el ámbito
de la disputa de las posiciones del pensamiento que luchan por afirmarse como
las posturas del pensar qué definen el sentido
del pensamiento y la actividad racional. Kant postula su duda frente a
sistemas que han caído en el dogmatismo y el escepticismo:
La razón humana “comienza con principios cuyo uso es
inevitable en el curso de la experiencia, uso que se halla, a la vez,
suficientemente justificado por esta misma experiencia. Con tales principios la
razón se eleva cada vez más (como exige su propia naturaleza), llegando a
condiciones progresivamente más remotas. Pero, advirtiendo que de esta forma su
tarea ha de quedar inacabada, ya que las cuestiones nunca se agotan, se ve
obligada a recurrir a principios que sobrepasan todo uso empírico y que
parecen, no obstante, tan libres de sospecha, que la misma razón ordinaria se
halla de acuerdo con ellos. Es así como incurre en oscuridades y
contradicciones. Y, aunque puede deducir que éstas se deben necesariamente a
errores ocultos en algún lugar, no es capaz de detectarlos, ya que los
principios que utiliza no reconocen contrastación empírica alguna por
sobrepasar los límites de toda experiencia. El campo de batalla de estas inacabables
disputas se llama metafísica (Kant, 2008, pág.
7).
Ante posturas como el racionalismo y el empirismo, donde
la posición frente a la objetividad adquiere niveles distintos y contrapuestos,
Kant ejecuta una demoledora crítica de cada una de estas posiciones al señalar
los límites y la capacidad de cada una de estas, estableciendo lo que subyace
en esta disputa como la
discusión de la razón pura consigo misma. Se aprecia en el giro copernicano la
necesidad de reconocer en el pensamiento aspectos mediante los cuales se
comprende el papel que le corresponde al pensamiento en la construcción de la
objetividad. Lo que se considera como experiencia, en el sentido del empirismo,
como el estudio de la naturaleza en la dinámica de la descripción, la
observación, la generalización a través de leyes y formulas generales, etc.
como si se tratase únicamente de la medición y el calculo de los objetos, no
tiene un real sentido si se omite el carácter contradictorio y complejo, por
medio del cual la razón organiza, ordena, sintetiza de forma a priori aquello que la sensibilidad del
sujeto desenvuelve también de un modo universal y necesario. Si para el
empirista la cuestión estriba en ir directamente a las cosas tal y como se
manifiestan, mediante el criterio de la percepción,[2]
para Kant la cosa se complejiza en tanto el objeto de medición que se presenta
de un modo inmediato, es fundamentalmente un objeto organizado y conformado por
la actividad a priori del
pensamiento.
Es
el siglo XVI, XVII y el siglo XVIII testigos del desarrollo del pensamiento
ligado a la idea de la certeza inmediata de su propia capacidad y actividad. Las
contradicciones, las dudas, la confusión y la inquietud adquieren un relieve
cada vez mayor en el camino de la discusión y la reflexión filosófica. Se
observa en este proceso que la duda misma busca demoler la firmeza de la
proposición pienso, luego existo,
puesto que el despliegue que esta certeza adquiere en el proceso de la historia
de la filosofía moderna, puede llegar a adquirir formas tan contrapuestas como
las posiciones del racionalismo y el empirismo y las que se disputan el sentido
del pensamiento, el trabajo y la práctica ante las libertades abiertas por el
desarrollo de las sociedades modernas. Estas contradicciones indican un
desarrollo de la comprensión del real carácter de la actividad del pensamiento,
pues si bien con Descartes la duda y la contradicción sobre cierta clase de
ideas se sitúa en el ámbito del pensar- y no como una dinámica externa al
sujeto, como una contradicción que ocurre en la Naturaleza- esta duda cuestiona
la contradicción puesta en la producción y la elaboración de los sistemas
desarrollados a base de tal certeza. Para Kant, tal contradicción entre estos
sistemas, empirismo y racionalismo, se resuelve al definir y poner en cuestión
el modo y la manera como la razón pone en juego diversas posibilidades de
construir sistemas de pensamiento, entre los cuales puede estar presente aún la
idea de algún encuentro directo con una cosa ajena al hombre y su pensamiento (empirismo).
Para
Hegel no es valida la contradicción que se detiene en la separación entre un
saber absoluto y un saber finito. Un saber que se considera como la versión más
próxima a lo que es la cosa misma y un saber que, sin embargo, se lo considera
como un saber no verdadero. (2002, pág. 53) ¿Un saber no
científico o vulgar, que no tiene ante sí y para sí, como actividad
comprensiva, la actividad presente en la producción de juicios, afirmaciones,
negaciones, etc. se lo puede considerar solamente como un saber no apto para el
saber racional- científico y relegarlo al ámbito de lo incognoscible o, mejor
dicho, en lo que no tiene sentido direccionar la reflexión? Está la posibilidad
de que el saber ajeno a la explicación científica posea la certeza de que su
pensamiento es real, es concreto, en razón de que el sujeto garantiza
la fundamentación de estas afirmaciones en el carácter inmediato de su ser como
individuo pensante, por lo cual considera que no es necesario desarrollar las
determinaciones que se desprenden de la certeza del pensamiento como sí mismo,
expuestas en posiciones tan complejas como el racionalismo, el empirismo o la
filosofía crítica. (Hegel, 1974, págs. 36-73)
Aquello
que parece escaparse al lenguaje racional, como aquello que se fundamenta en la
tradición, en el autoritarismo, en las costumbres o en la creencia de que en la
naturaleza está el contenido del saber (lo que se conoce), no es algo que puede
despacharse de un plumazo alegando su nivel enajenado e irracional, enfatizando
la atención únicamente en el saber que busca la objetividad bajo el lente de
las condiciones de la subjetividad expuestas en el saber de la metafísica
kantiana. Lo que no corresponde con el esquema kantiano, como el lenguaje que
pretende apoderarse de lo absoluto de un modo inmediato, como la mística, la
superstición o la fe, no se lo puede definir como simple irracionalidad puesto
que en su lenguaje se admiten principios y axiomas propios de la razón. En el
supuesto de que el saber inmediato o el saber que admite que no es necesaria la
mediación del pensamiento, no deja de ser interesante que este modo de pensar
deba utilizar el lenguaje para hacerse comprender.
En
el ámbito de los conocimientos y las ciencias la discusión acerca de la cosa
misma o la objetividad, ciertamente, es una exigencia fundamental para la
reflexión filosófica. El interés o la intención de dirigir el pensamiento de
una manera sistemática, coherente, que soporte con fundamentos los elementos de
la argumentación puestos en el campo de la exposición y la demostración, es el
sentido que una determinada época ha puesto ante la certeza de lo complicado
que puede ser el lenguaje, el pensamiento. Por supuesto que lo último que en
este texto se llamó certeza puede ser refutado al afirmar que nada hay
complicado en el lenguaje, que lo más simple es la comprensión del mismo, quizá
sin penetrar en esas intricadas y áridas contradicciones: puede valer la simple
arbitrariedad o la opinión común en la definición de lo que es pensar, algo así
como aquello que sólo copia y asimila lo que está externo al sujeto. En el
desenvolvimiento de este supuesto podría caber la siguiente afirmación: la
educación y la formación del individuo o las sociedades no son necesarias. Sin
embargo, en el prologo de la Fenomenología Hegel discute acerca de la
importancia de la formación del individuo, en la medida en que tal formación
represente para el individuo el proceso de formación de la conciencia, como una
narración o una historia en la que se muestra los diversos estadios del
pensamiento.
La
duda de Hegel pone de presente el lugar en el que se sitúa la opinión, la
certeza inmediata de algo que no ha pasado por el tamiz de la crítica, las
proposiciones que si bien tuvieron sentido para una época son obsoletas para
otras épocas y, sin embargo, tienen un sentido similar al de antaño. ¿Cómo
ligar las estructuras de pensamiento cuyo contenido revela el papel ausente del
sujeto con aquellas posturas que lo ponen todo en el sujeto, concibiendo a éste
como un sujeto crítico de su lenguaje?
¿Dónde
queda el lenguaje que no se sostiene desde el planteamiento de la metafísica en
su carácter puramente racional, donde queda el lenguaje vulgar o aquella
posición que admite la posibilidad del conocimiento inmediato de lo absoluto
sin mediación del pensamiento?
Si
se habla del reconocimiento del pensamiento en todas las producciones del
sujeto, es posible admitir que inclusive la posición del pensamiento que niega
el carácter mediador y constante de la razón, es producto de la razón. Lo
contradictorio es apreciar una formula
inventada por un científico cuya función es negar aquella invención, creyendo
esta formula tener su origen en sí
misma. Para Hegel la cuestión reside en una actitud que puede denominarse como
no autoconsciente, en el sentido de expresarse una forma del pensar que niega a
la razón, aunque pertenece a una época que reconoce en la razón el motor de la
realidad. Puede ser expresado este modo de pensar en tanto no se ha realizado
la reflexión que implica la salida de los prejuicios y los pensamientos
cosificados de cada época, así como por el olvido que del proceso del
pensamiento puede obtenerse.
Frente
a lo que es, como algo externo y fuera del sujeto (certeza sensible), Hegel
indica que de lo que se trata es de la síntesis de múltiples determinaciones
que subyacen en aquello que aparece simplemente como el ser. Ser parece ser algo
afuera y externo al sujeto. Algo que se expresa como un determinado sistema
filosófico, como una doctrina, como la religión, como una producción económica
(las fábricas, las mercancías), como un objeto sin mediación de quien habla o
piensa estos objetos. Pero bien mirada la cosa, aquellas determinaciones que
obran como objetos fuera del sujeto componen la totalidad de la razón, es
decir, que su verdadera posición se sitúa en lo que se define como la historia
de la subjetividad.
Situar
el proceso de la razón como la recuperación de la totalidad del lenguaje en su
expresión filosófica es una labor que quizá permite clarificar esa supuesta
separación entre lo absoluto y el conocimiento, puesto que los contenidos
expresos por el sujeto, en los que pareciera no intervenir el sujeto se
corresponden con la antigua creencia de que existen objetos fuera del
pensamiento, fuera de la producción del lenguaje humano. La certeza sensible
expuesta como saber que no precisa la determinación rigurosa del concepto,
supone el olvido de los desarrollos del pensamiento y de las elaboraciones del
mismo (como el caso del sujeto que escribe en su computador las divinas
revelaciones de una conciencia superior a él) Para finalizar el presente
escrito cabe indicar que el simple ejercicio de la reflexión demuele la certeza
que niega el carácter autónomo del pensamiento, reflexión que señala la
universalidad del pensamiento aún en aquello que se supone como algo ajeno al
pensar. Frente a una posición del pensamiento que esconde las tensiones y los
conflictos del proyecto de dominación sobre el hombre y la naturaleza, donde
cómodamente se enajena el pensamiento se propone desde la perspectiva hegeliana
la recuperación de las formas del pensamiento indicando con esto el carácter
polifacético y complejo de la dinámica del pensamiento, subrayando el camino de
la libertad del sujeto, al exponerse que el contenido y la forma de la realidad
depende de la actividad constante y compleja del pensamiento. Los
descubrimientos de Descartes y Kant señalan en Hegel la posibilidad de ejecutar
en el proceso histórico de la razón la humanización de aquello que es producto
y obra del pensamiento: la objetividad como historia de la subjetividad.
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Rossi, P. (1966). Los
Filósofos y las Máquinas. Barcelona: Labor.
[1]
“en lugar de esa filosofía especulativa que se enseña en las escuelas, puede
encontrarse una práctica, por la cual, conociendo la fuerza y las acciones del
fuego, del agua, del aire, de los astros de los cielos y de los demás cuerpos
que nos rodean, tan distintamente como conocemos los diversos oficios de
nuestros artesanos, podríamos emplearlos de manera semejante en todos los usos
para los que son apropiados, y convertirnos así en dueños y señores de la
Naturaleza” (Descartes, 1983, pág. 99)
[2]
Sobre esta posición del pensamiento, Hegel indica los aspectos siguientes: “Por
el lado subjetivo, el conocimiento empírico tiene su firme apoyo en el hecho de
que la conciencia posee en la percepción su propia realidad y certidumbre
inmediata”, “La ilusión fundamental en el empirismo científico consiste siempre
en que hace uso de las categorías metafísicas de materia, fuerza, unidad,
multiplicidad, universal, y aun infinito, etcétera, y con dichas categorías
razona, y de este modo presupone y aplica las formas del razonamiento, y todo
ello sin saber que admite por este hecho un conocimiento metafísico, lo que
equivale a emplear y ligar estas categorías sin discernimiento crítico y de un
modo inconsciente.” (Hegel, 1974, pág. 42)
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