RELATOS DE UN LUGAR NO MUY LEJOS DE ACÁ. Andrés Acosta Barrera 6 de agosto de 2015



RELATOS DE UN LUGAR NO MUY LEJOS DE ACÁ. Andrés Acosta Barrera 6 de agosto de 2015
Le dice el cadáver infernal: Has optado por el crimen. Eso merece mi felicitación.
Sobre aquel paisaje se alza un gesto invisible, algo se está descomponiendo. ¡Cuánto daría por destrozar tu cabeza! Encerrarte en prisión y mantenerte en las míseras penas de la soledad.
Tengo veneno en mi interior. Poco a poco va desapareciendo la cordura. La mirada, una inyección de ira. Cierto dolor se apodera de todo el cráneo. Esta sensación me obliga a correr presurosamente sobre los árboles, los objetos, los cuerpos…
Toda esta serie de elementos se explayaban como dije antes con la plenitud de una riqueza infinitas; algo que como el crimen se expandía terriblemente bajo la máscara de la santidad, envuelto en el disfraz de la magnanimidad, de la majestad. Todo esto era para nosotros sencillamente la verdad y no había manera alguna de refutarlo. Éramos retoños pisoteados con ínfulas de robles gigantes. Lo único que sabíamos era que las cosas eran tal y  como las veíamos. Nunca se nos planteó que podía ser distinto, diferente. Enceguecidos, nos entregamos a los caminos empantanados de la ilusión. Obedientes nos arrodillábamos ante cualquier objeto, cualquier cosa que tuviese en sus ribetes o en las casacas el símbolo de la autoridad.
Era necesario alejarse de este lugar, no podía establecerme por mucho tiempo en un lugar como acá. Acá es muy difícil sobrevivir. Acá no se permite preguntar, ni hablar. Acá es un lugar donde se disfruta torturar, tratando a los seres humanos como si fuesen simples materias primas. Acá es preciso empezar a negar todo este comportamiento irracional, toda esa estructura patológica que ha generado en muchos un crecimiento basado en la violencia, en el crimen, en tolerar las formas más bajas y perversas de los instintos que obligan a atacar a los demás, a atacarse a sí mismo. Respecto a esto, siendo muy niño recordé que salí de mi casa con una máscara. No quería que nadie me viera el rostro; no sé por qué pero no quería que nadie me viera la cara; no me gustaba el color de mi piel, me restregaba con saliva los dedos de mis pies y quitar ese color oscuro que tenía sobre los pequeños pies. Quería los pies blancos, quería mi piel blanca; es esto una estupidez pero ya tenía en mi cabeza la idea de la perfección aria; ya empezaba a convertirme en un irracional racista. Mucho tiempo tuvo que pasar para acordarme de este insignificante hecho. Cuando empecé a elucidar la estupidez de esa ideología fundamentada por Gobineau; un estúpido teórico francés que apoyaba los privilegios medievales. ¿Cuántos cómo yo habrán crecido con las mismas ideas? ¿Cuántos cómo yo fueron capaces de enjuiciarlas? ¿Cuántos por el contrario han encubado estas ideas bárbaras y sin sentido y han apoyado un racismo criminal y falso? El problema fue cuando me negaba a mí mismo en formas tan perjudiciales para mi salud mental y física.
Tuve que correr hacia el espacio. Cansado estaba del cieno y del lodo al cual estábamos ineludiblemente condenados. Dirigí mi mirada hacia las estrellas y confundirme entre los ensueños de imaginaciones delirantes. Conviví desde ese entonces entre el caos y la pasión. En las mórbidas sensaciones que despegaban mi mirada y me solidificaban tan solo cuando al cielo dirigía mi atención, mi interés. En medio de una plétora de riquezas que tan sólo yo veía. Ciegos estaban quienes conmigo convivían. Por mi parte las insensatas imágenes construidas por mi pensamiento infinito eran mi nuevo hogar.  Tan sólo en este pensamiento onírico todo cobraba sentido para mí. Cualquier cosa que antes era imposible se manifestaba aquí como algo posible, sencillamente irreal, exquisitamente perdurable. En efecto, todo la manifestación espuria de lo que me rodeaba había desaparecido. Basto reconocer que todo aquello debía terminar: que el ensueño debía desaparecer, que la mórbida y placentera sensación que traía consigo el hecho de que mi cuerpo se deshiciese en la punta de un cigarrillo debía acabar; no porqué yo lo quisiera, sencillamente la coacción así lo establecía. Nada hay tan ridículo como las discusiones usuales de la política acá. Percibir como se disputan la tajada mayor es indignante. Sobre todo en un lugar como acá. Acá la violencia es jodida; acá ha sido un lugar con un devenir muy peculiar, muy extraño, muy permeado de falsificaciones y chismes sin fundamento alguno. Acá ese fenómeno de la violencia es muy berraco, sentir el miedo de estar en una montaña en una semana, sin comida y sin cobijo contra el frio es muy jodido, sí señor. Tener que huir por una vaina que a uno ni le importa, no,no,no…eso es inimaginable, eso es como un castigo divino, porqué a uno le tienen que pasar estas cosas, que se lleven la tierra de uno, que se lo esclavice a una de semejante forma, al punto de hacer que se olviden todas aquellas ensoñaciones, toda aquella gama de imágenes y construcciones cosmogónicas que permitían que durante muchas veces tan sólo se contaran historias que hacían reír o llorar o enloquecer; como le parece, todo eso se vino pa abajo, sencillamente, tuvimos que agachar la mirada, tuvimos que someternos a las cargas más pesadas, tuvimos que empezar poco a poco a olvidar nuestras palabras, olvidar nuestros trabajos, olvidar nuestros recuerdos más gratos, nuestras producciones más álgidas, todo se desvaneció como una insignificante noche de tan sólo un minuto, como un día de unas cuantas gotas de arena, como un árbol estéril, una mísera semilla estéril, todo ahora dirigido a las cadenas, todo el ojo pegado a los hilos invisibles que dominan nuestros brazos, nuestras piernas, nuestros pechos, nuestra energía vital, todo nuestra vida sometida para el interés de un otro siempre desconocido, el otro del cual tan sólo proviene el olor putrefacto, el vómito que no vemos y cae constantemente sobre nosotros y nosotras. Nada se lograba calmar con las lágrimas, ni con los nuevos rezos, en nada se podía intervenir con el miedo calando en los huesos. De la insepulta luz en la que nos embriagábamos nos imbuimos hacia la noche henchida, en la oscuridad y el extravió de lo que para nosotros ya nada tenía sentido. ¿Cuánto tiempo hubo de pasar? ¿Cuántos días estuvieron sometidos a la terrible noche de la esclavitud? ¿Cuántos días de esos aun transitan por nuestras arrojadas cabezas? Tuvimos que convertirnos en herejes, en hechiceros, en brujas, en demonios que custodiaban los castigos más horribles manifestados solamente en la Gehena, tuvimos que huir hacia lo desconocido, alzarnos hacia la grandeza de antaño, tuvimos que construirnos lejos de la dominación, tuvimos que vivir sin el miedo, con el obsesivo afán de eliminar ese miedo, tuvimos que dar a luz, la luz de nuestro pensar y empezar a destruir toda aquella inmundicia de la esclavitud. Se tornaba interesante todo esto, empezamos a recrear otras formas de sociedad, pensando así en una posible libertad, captando que en el ser humano existía cierta capacidad inherente que sirve para lograr esa libertad. Nuevas  experiencias han brotado de nosotros y hemos hecho de todo ámbito terrenal algo interesante. No obstante acá es necesario volver a destruir lo que en esto terrenal acontece, y explayar nuestro pensamiento, abocarnos hacia el espacio nuevamente y hallar las fuentes de nuestra riqueza, aquella que en el proceso de la violencia hemos descubierto. Por lo cual no nos satisface la sobriedad, ni el elucidar sobre la realidad basados en bastardas profecías que poseen una verdad arbitraria, construida para el interés de los escogidos…

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