Parte 1 INTRODUCCIÓN A LA FILOSOFÍA
¿Qué tareas para el presente tiene la filosofía?
¿puede considerarse que en la realidad la filosofía tenga alguna importancia
para el presente?
Es un fenómeno bastante interesante el que la especie
humana sea capaz de mentir, de engañar, de caer en la confusión y considerar en
bastantes ocasiones o mantener la mentira o eliminarla de raíz. Actualmente,
resulta bastante complicado saber qué es verdad y qué es mentira y de por sí
pareciera algo absurdo preguntar por ello, puesto que lo uno y lo otro se
prestan su traje, teniendo en ocasiones que aceptar, no sin molestia, haber
considerado como real lo que ahora es definido como falso. Sabido es que en el
ámbito de las discusiones la naturaleza del saber varía rápidamente y de manera
sumamente compleja, siendo, por tanto, difícil determinar que es lo que se
podría considerar propiamente como una verdad o una mentira. Sin embargo,
mediante la consideración de que es mucho más sensato hablar de distintos
puntos de vista y perspectivas, se amplia el plexo de posibilidades que
pareciera impedir la simple dicotomía de lo verdadero y lo falso.
No obstante, pareciera ilusorio para la reflexión filosófica
considerar que cada individuo posee una determinada perspectiva, es decir, una visión
particular de la realidad, que le permita, a su vez, asumir que lo que aprecia
desde su perspectiva es lo real o lo verdadero. Esto podría llegar a tener sentido si la
naturaleza del lenguaje no residiera en la universalidad, es decir, en aquello
que define el pensamiento como una actividad social. En caso contrario, la
elaboración del lenguaje sería una actividad plenamente individual que no
requeriría de manera alguna la intervención de otros sujetos, puesto que cada
uno podría pensar como quisiera sin tener que apelar a la voz del pensamiento
del otro individuo, en tanto para este individuo resultaría totalmente
incomprensible otro tipo de lenguajes. Si se tienen en cuenta aquellas
situaciones en que surge la incomprensión de un individuo frente a otro, como
cuando un hispanohablante trata de conversar con algún sujeto proveniente de
Japón o como cuando un niño procura entender una conversación entre adultos, surge
la interrogación de porque en ciertos casos no es posible lograr comprender el
pensamiento ajeno, pero también cabe cuestionar por aquello que permite la
comprensión y, por ende, la comunicación. La posibilidad de comprender lo que
otro individuo expresa invita a pensar sobre las condiciones que posibilitan el
fenómeno del lenguaje, para con ello explicar que principios o estructuras
subyacen en la labor del pensamiento.
El filosofo Hegel consideró que la labor de la
filosofía consiste en pensar los pensamientos. Pero ¿qué significa pensar los
pensamientos? La actividad de pensar los pensamientos implica dejar de lado el
ámbito de la superficialidad en que se expresa el lenguaje. Significa esto
poner en consideración la actividad misma de pensar, enfocando la atención no
en el producto del pensamiento expresado en las palabras, sino en el modo como
el pensamiento produce su propia expresión. Si se hiciera una analogía con el
mundo de las máquinas se diría que la filosofía no está interesada propiamente
en el producto, sino en el modo, el proceso que construye este objeto. Si se
tiene presente que el producto del que se habla en la investigación filosófica
lo constituye el lenguaje es necesario, por tanto, dar cuenta del proceso de su
construcción. Sin embargo, ¿en qué consiste aquello que no pertenece a la
superficialidad del lenguaje, es decir, a la comprensión del modo como opera el
pensamiento? Si se toma como ejemplo el uso de la palabra verdad
o la palabra falsedad, se sabe que estos fluyen como monedas en
el mundo social, sin que se cuestione en muchos de estos casos el proceso que
determina aquella cualidad de lo verdadero y lo falso. Cualquier otra palabra
cabe como ejemplo para esta consideración; supone esto que, en general, el lenguaje
que posee la especie humana contiene una historia, un multiforme desarrollo del
lenguaje, en el que han variado los significados de las nociones y los términos
que se utilizan. Basta con revisar cualquier libro escrito en castellano del
siglo XVII O XVIII para advertir que muchos de los términos y los modos en que
estos se escribían resultan hoy en día anticuados y anacrónicos o considerados
también como errores ortográficos. No obstante, lo interesante que se presenta
en esta consideración reside en lograr comprender cuál es la estructura que
posibilita la espontaneidad y la riqueza inherente al mundo del lenguaje
humano.
La idea que subyace al ámbito del uso superficial de
las palabras, -el cual adquiere expresión en el ámbito de lo cotidiano, en el
que no hay tiempo suficiente para preguntar por la naturaleza de las palabras
que se usan diariamente-, es la idea de totalidad o universalidad que es la que
sostiene fundamentalmente el mundo del lenguaje del individuo. El mundo del lenguaje puede considerarse desde
esta perspectiva como un inmenso bosque, comprendido éste como la totalidad,
siendo cada árbol, por tanto, una perspectiva, un punto de vista, un
determinado nivel del pensamiento en general. La idea de totalidad exige del pensamiento
ubicarse en una posición que supere el mundo de la inmediatez, es decir, que
ponga en entredicho o en duda lo que para el individuo es su verdad particular.
La situación que mejor expresa esta necesidad por dejar de lado una visión
particular de las cosas, abriendo paso a la reflexión sobre la totalidad del
pensamiento, se encuentra en la obra del filósofo Rene Descartes, el cual negó
todo aquello que consideraba como verdadero y real para sí, su educación, la
ideología tradicional del pensamiento medieval, su cultura, para establecer
como única verdad que el humano es primordialmente un ser pensante.
En el origen del pensamiento moderno se ubica el
problema de que el pensamiento no ha sido lo suficientemente avezado o capaz para
expresar su propia naturaleza. En efecto, el miedo a lo desconocido o de salir
de la propia visión del mundo significa derrumbar columnas sólidamente
establecidas. Ya en el ambiente del mundo platónico se hace la distinción entre
la doxa, la opinión y la αλήθεια, verdad,
permitiendo con esto distinguir lo que es una verdad producida por una
costumbre establecida, una opinión, un conjunto de aseveraciones y afirmaciones
sostenidas por el hábito y aquella verdad o afirmación asumida como cierta
cuando se produce a partir del dialogo, el debate, la conversación. Pero en el
transcurso de la vida de Sócrates, quién dio origen a la conversación
argumentada, se manifiesta la molestia de la polis, el fastidio causado por las
constantes interrogaciones que obligaban a cuestionar las verdades asumidas de
antemano, invitando con ello a originar nuevas posibilidades para la reflexión.
No es fácil, dice Descartes, ponerse en la situación de dudar y considerar como
falso todo aquello considerado verdadero y real. En efecto, antes que enfrentar
aquello que subyace al mundo cosificado, al mundo que se presenta de manera
inmediata, pone el pensamiento toda clase de excusas mediante respuestas
apresuradas, las cuales se asumen como verdades establecidas e inamovibles.
En el Discurso
del Método estas excusas y modos de ocultar la realidad se expresan en las
enseñanzas de su época, es decir, en aquel contenido del saber presente en el
mundo familiar, el mundo educativo, el mundo del trabajo, etc. Enfrentar este
tipo de verdades que constituyen en su totalidad el universo de la cultura,
significa enfrentar un modo particular de comprender el lenguaje, el ser.
Andrés Acosta Barrera.

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