Parte 2. Hegel y el mundo de la apariencia.
De acuerdo con Hegel el mundo superficial es el mundo
de la apariencia, lo inmediato, el mundo dado al individuo sin que éste se
reconozca en este mundo. ¿Qué significa el hecho de que el individuo se
reconozca en el mundo? ¿tiene sentido alguno admitir que el sujeto es ajeno o
extraño al mundo en el que vive? Reconocer significa ser consciente del proceso
en el que se construye el saber. Por lo general, todo saber requiere ser
reconocido para lograr la comprensión. La razón fundamental que subyace a la
pregunta de por qué se hace filosofía concierne a la existencia de la
incomprensión, la dificultad de entender. En el Discurso del método Descartes
parte de la idea de que, a pesar de ser educado en una de las mejores escuelas de
Europa, admite no haber comprendido lo que es la realidad. Por el contrario,
consideró que es la ilusión y la falsedad lo que se admite como cierto, como
verdadero, siendo necesario ante esto poner en duda todo lo que se manifiesta
como real.
Una razón que permitiría entender porqué el espíritu
humano vive engañado y confundido consiste en que no existe una aplicación
adecuada del pensamiento. Si bien cada individuo posee sentido común pudiendo
con esto distinguir entre lo verdadero y lo falso, no significa con esto que
los sujeto estén exentos de tomar rutas equivocadas en su andar. Considera
Descartes que su vida ha sido un andar sin sentido, buscando respuestas
insuficientes a sus preguntas. ¿Qué hay detrás de esa situación en la que el
hombre se considera perdido y extraño para sí mismo?
Ingenuamente, los seres humanos asumen como cierto
todo aquello que se vivió durante la infancia, lo aprendido en el seno de la
familia, lo admitido como valido en la enseñanza escolar, lo que el pensamiento
religioso, político, económico, cultural, etc. ha llamado verdadero. Debido a
la fuerza que ejerce el hábito y la costumbre, todas aquellas estructuras
ideológicas cobran tal arraigo que le es casi imposible para el individuo
sospechar de la aparente solidez de aquellas edificaciones. Tal imposibilidad
produce la penosa situación de validar toda clase de ideas, las cuales no han
pasado de manera suficiente por el filtro de la reflexión. Consideró este
pensador que si la razón no tuviese estos obstáculos con los que el individuo
crece, conocería plenamente lo real, lo verdadero, sin temer en modo alguno
sobreponerse al punto de vista que se aprecia ya como un momento del
pensamiento. Efectivamente, el problema de admitir como verdadero aquello que
contiene la costumbre y el hábito, consiste en desconocer y considerar como
falso todo aquello externo a este marco ideológico. En caso de apreciar otro
sistema de valores, otro tipo de prácticas sociales, asociadas al nacimiento,
la sexualidad, la muerte, el futuro, el trabajo, etc., no podrá quien esté bajo
el sistema de la opinión y la visión parcial, comprender otros contextos, otras
realidades, otras perspectivas.
Resulta, por tanto, contraproducente admitir como ciertas
afirmaciones que no han sido elaboradas por la actividad reflexiva. La
actividad filosófica consistiría, por tanto, en evitar apresurarse para no
tomar como cierto lo que quizá sea un error.
La transición de una época a otra se resuelve en el
hecho que muestra que aquello que ha sido considerado como real y verdadero se
convierte en objeto de sospecha e inquietud. Considerar, por ejemplo, que el
mundo carece de alguna finalidad, de algún sentido puesto por la mano divina,
teniendo que ser explicado de nuevo todo ahora desde la perspectiva del
sujeto, es un síntoma letal que se presenta en el espíritu moderno. El poner
como principio del pensamiento la acción de la negatividad, de la duda de todo
aquello que se aceptaba como cierto, implicó que las respuestas a las preguntas
fundamentales de la especie humana perdieran valor, sentido. En caso de duda,
sea ante las respuestas otorgadas por la religión sobre el sentido de la vida,
la muerte, la existencia en general ¿qué clase de interpretación y de sentido
ha de atribuir el sujeto, el cual ha perdido toda certeza, toda posible
respuesta?
Considera Descartes que la tradición del pensamiento
ha sido un cúmulo de opiniones y comentarios que de ninguna manera ofrecen
alguna certeza. Sin embargo, ¿es posible admitir esta afirmación? Para seguir
dando peso a esta idea, este pensador toma como analogía la labor del
arquitecto. Una ciudad es mejor elaborada cuando ha sido diseñada previamente,
de acuerdo con una panorámica general de la ciudad, atendiendo no solamente a casos
particulares sino a un esquema universal. En caso contrario, ocurre también que
hay ciudades que parecieran haber sido construidas por el azar y la arbitrariedad
de quienes fueron ocupando, poco a poco, un determinado territorio. De acuerdo
con esta idea, puede afirmarse que el pensamiento ha sido invadido por toda
clase de ideas, perspectivas, puntos de vista que, no obstante, requiere tener
un orden puesto ya no por la tradición premoderna, sino por las consideraciones
sensatas del individuo Descartes.
El respeto por la autoridad y la tradición ha impedido
en gran medida la construcción del propio pensamiento. No obstante, es preciso
reconocer la forma y el contenido de la tradición y ubicar esto en el plano
general de la actividad del pensamiento. Lo que distingue al pensamiento
moderno del antiguo consiste en reconocer como punto de partida de cualquier
tipo de construcción ideológica la capacidad del entendimiento. Por ello es
preciso saber que es aquello que se quiere refutar, aquello a lo que es oportuno
oponerse ¿tomar como verdadero cualquier proposición adoptando como criterio únicamente
la autoridad y el respeto por la tradición es algo digno del pensamiento?
Proceder en la aceptación de verdades asumidas no por
la actividad de la reflexión, el cuestionamiento, la argumentación, la demostración,
por la lógica del lenguaje, es algo improcedente para el sano uso del sentido
común. No basta la opinión acreditada por los sabios, los eruditos, de aquellos
de quienes se duda haber dicho mentira alguna. Sin embargo ¿cómo salir de
aquella forma de pensar que ha mantenido inerte a la labor de la autoconciencia?
Requiere la autoconciencia la certeza de que todo aquello que se denomina
verdad tiene como fundamento a la razón, asumir como momentos del pensar
aquellas consideraciones expresadas en la historia y considerar que pese a
albergar en su ser todo tipo de posturas, opiniones o saberes, no es suficiente
una amplia acumulación de conocimientos para desentrañar el contenido y la
forma de lo real. En efecto, lo real no es aquello que de manera inmediata
aparece, sin ser consciente de la actividad productiva del pensar, lo real es
todo aquello que manifestándose como existente se relaciona con la actividad
del pensamiento humano.
Es necesario tener en cuenta diversas consideraciones
que suponen un enfrentamiento decisivo frente al pensar premoderno. En primer
lugar, cabe destacar la posición central de la concepción de la razón como
fuerza productiva. Por otro lado, parecía irrisorio creer que el pueblo, el
vulgo fuese capaz de distinguir lo verdadero de lo falso…
ANDRÉS ACOSTA BARRERA.

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