Revolución Francesa, Idealismo Alemán: Hegel

Revolución Francesa, Idealismo Alemán: Hegel


Una cuestión crucial, un momento de significativa importancia, al cual debemos abocarnos con suma diligencia a la hora de su análisis es la actividad del ser humano: es la actividad de este ser humano lo que le da subsistencia. Es viendo su proceso histórico como determinaremos con claridad el devenir de la actividad y el interés implícito en ella. Por lo que, en este lugar, veremos a la actividad en relación a los acontecimientos de la Revolución Francesa (1789) y el Idealismo Alemán.

Como principios e ideales representados por la Revolución Francesa encontramos la igualdad, la libertad y la fraternidad; los medios que encarnan dichos ideales serían aquí las instituciones sociales y políticas que concordarán con dichos principios, y a su vez, con la actividad y el interés del individuo social. Fue grande la conmoción que ocasiono este hecho en Europa: se vio que la necesidad de lograr la libertad, implícita en el desarrollo de las fuerzas productivas, conllevo al acabose total de la hegemonía de la nobleza. Sin ningún tipo de remordimiento o de arrepentimiento. Fue una táctica brillante dentro del juego de la implacable lucha por el territorio. Fue tal la repercusión que se convirtió en un reto, por ejemplo, para el pensamiento alemán. Su pensamiento se forjo a través del reto planteado por Francia a la Historia. Los principios básicos del Idealismo Alemán se relacionaron con los principios e ideales de la Revolución Francesa al punto de convertirse en el núcleo del pensamiento alemán, determinando con ello y en “gran medida su estructura conceptual”[1]

Nos dice Marcuse respecto a este momento histórico “la posición del hombre en el mundo, el modo como trabaja y se recrea no habría de depender ya de una autoridad externa, sino de su propia actividad libre y racional”[2]. Es aquí donde surge concretamente la forma de la subjetividad. Es aquí donde surge la concepción y el reconocimiento de la autonomía del sujeto o el reconocer ser el autor de la propia existencia y con ello y fundamentalmente que no dependiera en modo alguno de una autoridad externa. Los crecientes desarrollos técnicos y los grandes avances en el ámbito de los conocimientos científicos dieron pie para que se afirmara en palabras de Hegel “Nunca desde que el sol ha estado en el firmamento y los planetas han dado vueltas a su alrededor, había sido percibido que la existencia del hombre se centra en su cabeza, es decir, en el pensamiento, por cuya inspiración construye el hombre el mundo de la realidad”[3] Se convierten estos momentos históricos y estas producciones intelectuales de la época en el júbilo de la creciente clase media; se convertían a su vez en la expresión clara y contundente de la posibilidad de someter al mundo bajo los principios de la razón, transformar al mundo en un orden racional.”[4] El fuerte desarrollo productivo que empezaba a gestarse produjo el que los filósofos franceses vieran en el proceso económico el fundamento de la razón.

El análisis del idealismo alemán plantea desde Hegel que la razón tiene que ver tan sólo con la historia, que el proceso de ésta se puede definir como una constante lucha por la realización de la libertad; por lo que diremos, desde este punto de vista, que a lo largo de la historia se han desplegado los esfuerzos materiales por la consecución de la libertad. Al establecerse esta libertad en las instituciones creadas por la burguesía se pone como principio de la elaboración de las leyes que deben gobernar a un pueblo el que éstas pasen por el tamiz de la razón: tanto la religión como la legislación deben pasar por el tribunal de la razón (Kant) es por ello que en la elaboración de una Constitución “no puede validarse nada que no haya sido reconocido de acuerdo al derecho de la razón”[5] dando con ello la claridad de las funciones que le corresponde a ésta: el sometimiento de la realidad a las normas de la razón. Debido a la descomposición histórica que realiza el  sujeto de sí mismo, a la necesidad de comprenderse a sí mismo logra con ello el reconocimiento de sus propias capacidades y también las de la humanidad, percibiendo así en el transcurso de su proceso la constante lucha, y en esto hay que hacer énfasis, por la libertad. Reconoce a su vez que en dicho proceso todos los individuos poseen el mismo derecho de desarrollar sus facultades, sus potencialidades.

Sin embargo, resultaron ser con el correr del tiempo, un tanto utópicas estas aseveraciones pues en el desarrollo del capitalismo (1848) o en la Alemania contemporánea a la revolución francesa se comprobó que la producción de la miseria se incrementó vertiginosamente puesto que lo que prevalece es de hecho “la desigualdad y la esclavitud; la mayoría de todos los hombres carecen de toda libertad y se hallan privados del último resto de su propiedad. Por lo tanto, la realidad <<no razonable>> tiene que ser alterada hasta que llegue a conformarse con la razón”

No obstante tenemos que preguntamos, ¿cómo es que descubrimos dichos principios de la razón si la mar de opiniones y aseveraciones o consideraciones sobre el mundo es múltiple y variable, un extenso mar de una profundidad abismal? La respuesta a ello es la siguiente “A menos que el hombre posea conceptos y principios de pensamiento que denoten condiciones y normas universalmente válidas su pensamiento no puede reclamar el gobierno de la realidad” La totalidad de aquellas condiciones y normas es denominada razón.

Este devenir de la racionalidad y su efectiva realización se logran mediante la penetración en el contenido de la historia y la naturaleza; configurándose de este modo la realidad objetiva que es a su vez la realización del sujeto. Se plantea aquí una idea fundamental del pensamiento de Hegel al concebir la sustancia como sujeto. Este modo de ver “concibe a la realidad como un proceso dentro del cual todo ser es la unificación de fuerzas contradictorias”[6] si nos representamos una piedra y analizamos su ser vemos que este consiste en un perpetuo mantenerse a sí mismo consistente en una acción  y una reacción: mantenerse pese a la lluvia, pese a la erosión, pese a las alteraciones del clima, etc.; del mismo modo ocurre con la planta: sus cambios de forma se distinguen perfectamente, el capullo, la flor, el fruto, etc. y sin embargo son momentos que surgen desde la misma planta, dando cuenta así de su proceso antagónico, y por lo tanto, necesario para su desarrollo.
 El ser humano también está inmerso en el maremágnum de las contradicciones con la diferencia fundamental con respecto a la planta y la piedra que es capaz de comprender, aprehender dicho proceso. Este proceso antagónico constituye la vida misma. “La vida de la razón aparece en la lucha constante del hombre por comprender lo que existe y por transformarlo de acuerdo con la verdad comprendida” Al establecerse que la actividad del ser humano, de la humanidad, ha estado arraigada profundamente a la realización de la finalidad de la libertad, y que ésta se obtiene mediante el progreso de la razón, conlleva a decir que la historia del ser humano es el proceso de la razón. El término que designa la razón como historia, es espíritu, es decir, la especie humana en su devenir. Este devenir se configura por medio de diversos momentos: es necesario captar cada uno de ellos; ver en cada uno de estos momentos una totalidad concreta que adquiere sentido cuando se la relaciona con sus restantes momentos: una unidad orgánica en la que conviven al mismo tiempo la unidad y la multiplicidad. Estos momentos los definiremos como épocas: para profundizar en cada una de éstas y captar su movimiento propio, miraremos su producción económica entrando en consideración por ello en las formas de vivir y pensar predominantes “a través de sus instituciones políticas y sociales, su ciencia, su religión y su filosofía…”estos distintos momentos y su correspondiente emplazamiento en la historia de la razón, del espíritu, de la actividad y el interés de la humanidad conlleva a decir al idealismo alemán junto con la revolución francesa: ”sólo hay una verdad única y total: la realidad de la libertad”



[1] Herbert Marcuse. Razón y Revolución. Alianza Editorial. 1983. España. P.9
[2] P.10
[3] Ibíd. P. 11,12
[4] P.10
[5] P.11
[6] P.14

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