Hegel Apariencia y verdad. Tercera parte

Hegel Apariencia y verdad. Tercera parte Establecidos de ese modo las oposiciones, la apariencia y la verdad,  que se establecen a la hora de abordar la obra filosófica, su exposición sobre la naturaleza de la cosa, y la necesidad de poner a la cosa en su desarrollo y captarla así a través del sistema científico, lo que vendrá aquí es el mostrar las falencias que le corresponden a las explicaciones empecinadas en mostrar en los resultados últimos la expresión de la cosa. Estamos en el mundo de las apariencias y vale la pena no olvidar aquello; los conceptos, como elaboración tardía del pensamiento tienen su raíz, por una parte, en la sensibilidad, en la capacidad de asimilar las materias que se manifiestan a nosotros y por otra parte, en el entendimiento, la facultad que logra la organización de dichas materias. La determinación del entendimiento respecto a las intuiciones y representaciones depende de cómo aquel configure esa organización. Una mayor explicación de esto se encontrara en la Crítica de la Razón Pura de Emmanuel Kant.  Puesto que las costumbres tienen una caterva de prejuicios y de problemas no esclarecidos es conveniente analizar el contenido de dichas costumbres para empezar a reevaluar sus supuestos. En esta labor Descartes hizo un esfuerzo nada despreciable, y se le considera el fundador de la ciencia moderna, debido al objetivo de éste, por establecer juicios claros y simples, en los cuales la duda no tuviese cabida.  La duda que nos surge respecto a la costumbre, abordada por Hegel, es el hecho de ver en la filosofía, -la cual, dice Hegel, existe esencialmente en el elemento de lo universal, que lleva dentro de sí lo particular,- aquello que nos explica la esencia de la cosa, e incluso la explica en su esencia perfecta, por medio del fin o de los resultados últimos, prescindiendo propiamente del desarrollo mismo o el devenir mismo, presentándolo, en cambio, como lo no esencial. Esta apariencia se observa constantemente en el papel que representa la filosofía pues debido a esto surge también el prejuicio de que para su adquisición basta enjuiciar de manera arbitraria y campando en sus respetos por sí mismo el carácter fortuito del contenido. Hegel habla del caso particular de que se tiene en el pie la medida natural del zapato, lo cual llevaría a decir que con la combinación de éste y las herramientas que necesitaría la elaboración del zapato, se obtiene la capacidad para realizar dicho objeto. Sin embargo se reconoce, de manera general, que eso no basta sino que se requiere del trabajo y del esfuerzo.  En otra ocasión en un texto llamado ¿Quién piensa abstractamente? Wer denkt abstrakt?  la ironía y la sátira hacía la buena sociedad se manifiesta. En juicios tales como la declaración habitual que se tiene del asesino vemos que resulta inusitado el que se considere, en el caso de ciertas mujeres, como bello, atractivo, etc. ¿cómo ver en la maldad algún signo de la belleza? Decimos, no obstante que el cura dice que eso se debe a cierta corrupción moral, etc. Como conocedores de los hombres deberíamos buscar la génesis de la formación del criminal. Encontramos una mala educación, una mala relación entre el padre y la madre, y una serie de actos severos que lo conminaron a actuar contra el orden social. Reflexionar sobre ello, genera en otros la absurda acusación de querer buscar con ello la justificación del criminal. Tanto así ocurre con la señora que al llegar a la plaza de mercado, se queja ante la vendedora, alegando que los huevos están podridos, le responde ésta que quien está podrida es el conjunto de su vida, su forma de vestir, sus relaciones familiares, libidinosas, etc. Todo ello basándose en un término que desde sí mismo forma una serie de características que por hecho de ser muy comunes no se las abstrae de su conjunto; por lo que cualquier modificación resulta bochornosa.































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