Hegel. Ciencia y Religión Parte 6

Hegel. Ciencia y Religión Parte 6
El saber que pretende expresar la cosa por medio de sus resultados se convierte de hecho en un pretexto para eludir el estudio objetivo de la cosa. En efecto, dice Hegel, la cosa no se reduce a su fin, sino que se halla en su desarrollo. Es de notar que la posición que en este sentido adquiere la cosa, cambia radicalmente al ser puesta en su desarrollo; vista no ya desde la inmediatez, el sentimiento, o la sensación, sino en la forma del pensamiento que busca generar distinciones, diferencias, y la mutua relación de los momentos que son parten de una unidad orgánica, en síntesis busca concebir en el objeto el desarrollo progresivo de éste; por esto el resultado real entra en función en el momento que se concibe en unión con su devenir. Lo contrario de esto, considerado como el fin para sí, es lo universal carente de vida,[1]manifestándose tan solo la tendencia, y el resultado escueto.[2]
La diversidad[3], encajada anteriormente como el lindero de los sistemas filosóficos, se define más bien como el límite de la cosa, apareciendo solamente dónde la cosa termina o como aquello que es lo que ésta no es, dando a entender con ello que la diversidad se configura como otro ardid para eludir la cosa.
Hecha la explicación de lo inútil que resultan los esfuerzos, los fines, los resultados, la diversidad y los modos de enjuiciar lo uno y lo otro,  y de lo fácil que representa dicho actuar, Hegel afirma que esos esfuerzos van más allá de lo que sería ocuparse en la cosa misma. Lo que debería determinar en ese sentido nuestra actuar es la necesidad de permanecer en la cosa, entregarse y olvidarse en ella. Aquellos esfuerzos pese a su apariencia de seriedad, resultan ser por lo tanto lo más sencillo de realizar puesto que parten de enjuiciar lo que ya tiene contenido y consistencia; lo que requiere, por el contrario, una labor dificultosa es el captar la cosa misma vista ésta en su desarrollo, y más que eso la combinación de dicho enjuiciamiento y dicho captar, produciendo con ello el logro de la exposición.
No es posible en modo alguno el llegar a concebir la verdad como sistema científico debido a una serie de prejuicios, propios de la convicción de nuestra época. Dichos prejuicios tienen su sustento en la concepción de que lo verdadero tiene su existencia en aquello, o como aquello que se llama intuición, saber inmediato de lo absoluto, la religión, el ser, etc.; para los cuales la verdad se expresa mediante el sentimiento o la intuición. La contraposición de esta posición frente a la posición de la ciencia radica en que esta última parte de principios y puntos de vista universales. Conocimientos estos que parten de fundamentos que aprehenden lo concreto de la realidad con arreglo a determinabilidades.
La figura de la verdad radica en este caso en la cientificidad: esto es tanto como afirmar que la verdad tiene en el concepto el elemento de su existencia. Para Hegel este es la única justificación para los intentos encaminados a este fin; es por ello que su propósito consiste en llevar a la filosofía a la forma de la ciencia: meta en la cual deja de ser amor por el saber, para ser saber real.
La exigencia de que lo absoluto sea, no concebido, sino sentido e intuido se la debe considerar en el nivel en que se encuentra el espíritu autoconsciente. Hegel nos dice que éste va más allá de la vida sustancial que llevaba en el elemento del pensamiento, para el cual su fe es algo del pasado, del mismo modo que la satisfacción y la seguridad ofrecidas por la certeza de una pretendida y pétrea reconciliación de la conciencia con la esencia y la presencia universal de ésta… Remontándose sobre esto el espíritu, concepto este propio de la modernidad, se vuelve contra quienes lo degradan y prorrumpe en denuestos contra su rebajamiento, para lo cual, reclama de la filosofía la sustancialidad y la consistencia del ser. Por esta necesidad la filosofía debe proponerse el poner al descubierto la sustancia encerrada y elevarla a la conciencia de sí misma; retrotraer la conciencia caótica a la ordenación pensada y a la sencillez del concepto; ensamblar las diferenciaciones del pensamiento, etc. Ante esto, por el contrario, dicha saber intuitivo o religioso busca reprimir el concepto, eliminando con ello la diferenciación efectuada por el mismo, e implantando a su vez, el sentimiento de la esencia, buscando con ello más bien un fin edificante que un fin intelectivo. El despliegue de la riqueza de la sustancia y la actitud frente a esta deben abocarse desde este punto de vista al éxtasis, a la llama del entusiasmo más bien que su concepto o la fría necesidad progresiva de la cosa. Por tanto, desde este punto de vista la ciencia se contrapone a la exigencia del conocimiento intuitivo, o inmediato, tal y como lo propone la religión, para afirmar que sólo mediante el concepto se da una plena satisfacción a la naturaleza de la verdad. 



[1] Anteriormente se ha considerado que los momentos igualmente necesarios de una unidad orgánica constituyen cabalmente la vida del todo; por lo que negar dicha necesidad y fluidez de los momentos sería tanto como negar la vida misma la vida del todo.
[2] Tanto la tendencia como el resultado escueto Hegel las define  respectivamente por un lado como el simple impulso privado todavía de su realidad y  por otro como el cadáver que la tendencia deja tras sí. P.8
[3] “§13. La historia de la filosofía muestra, por una parte, que las filosofías que parecen diversas son una misma filosofía en diversos grados de desarrollo, y por otra, que los principios particulares, cada uno de los cuales sirve de fundamento a un sistema, no son más que ramas de un solo y mismo todo” P.23

Comentarios

  1. Que bien, muy interesante el análisis, al final me pareció un poco engorroso. En términos generales muy bueno.

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