10 DE ENERO DE 1610: ha sido abolido el cielo…
10 DE ENERO DE 1610: ha sido
abolido el cielo…
Galileo se encuentra en su cuarto
de estudio con su asistente Andrea; le manifiesta éste un problema de tipo económico; a lo que Galileo
hace poco caso y le pregunta a Andrea estando éste sentado en una silla: si
aquella silla fuese la tierra y la palangana que está a la izquierda de él, el
sol, se podría preguntarle, ¿qué posibilidades existen de que el sol se halle a
su derecha? A lo que Andrea contesta inmediatamente, tan sólo una: que el sol
sea el que se movilice por sí mismo a la derecha de él. A lo que responde Galileo
“Galilei: ¿Solamente así? (Carga
la silla junto con Andrea y los traslada al otro lado de la palangana) ¿Y
ahora, dónde está el Sol?
Andrea: A la derecha.
Galilei: ¿Y se movió acaso el
Sol?
Andrea: No
Galilei: ¿Quién se movió?
Andrea: Yo
Galilei: (ruge): ¡Mal!
¡Alcornoque! ¡La silla!
Andrea: ¡Pero yo con ella!
Galileo: Claro… la silla es la
tierra. Y tú estás encima.”[1]
Por lo que basto un simple
ejemplo para hacer notar la unilateralidad de los juicios en los cuales no
existe aún una formación en lo que atañe al mirar. El efecto catártico de esto es
el incipiente choque que contra las representaciones se produce. La monstruosa
alevosía contra lo conocido llevando al
sujeto a penetrar en la sombra o mejor dicho en la lunática oscuridad de lo que
no se sabe. León de Greiff lo dice de una forma más nítida en alguna de sus
Tergiversaciones
“Que es la noche resumen de humana y de divina
proteidad , y que es urna de
todos los olores…
Cuándo vendrá la noche que
jamás se termina?”
Y podríamos decirle a León de
Greiff que según nuestro parecer esa noche llego hace mucho, puesto que en la
mencionada obra de Brecht se da cuenta de una de las aseveraciones de Galileo
que muestra en que consiste la nueva estructural universal: el 10 de enero de
1610 ha sido abolido el cielo. La Teoría de Copérnico es susceptible de una
perfecta demostración. Han caído dos siglos de astronomía, dos siglos en los
cuales la voz dominante era la de Aristóteles; tan grave era la cuestión, por
parte de los que se adjudicaban, inclusive en el mismo infierno, el titulo de discípulos
del santo griego[2],que
se consideraba una aberración descomponer, separar, convertir en algo
simplemente irreal, o mejor dicho arrojar al sepulcro toda aquella estructura
armoniosa amparada en la autoridad eclesial; veamos lo que dice uno de esos
infaltables pero despreciables filósofos que se atascan en su miseria fangosa,
fija y sin fluidez:
“El filósofo: El universo del
divino Aristóteles, con sus esferas de místicos sonidos y sus cristalinas
bóvedas y los giros circulares de sus cuerpos celestes y el ángulo inclinado de
la trayectoria solar y los misterios de las tablas de los satélites y la
exuberancia del catálogo de estrellas del hemisferios austral y la inspirada
construcción del globo celestial, es un edificio de tal orden y belleza que
bien deberíamos recapacitar antes de destruir esa armonía.”[3]
Pero se dieron los acordes
necesarios para opacar aquella armonía insignificante; lo que significó para
nosotros el comienzo de una nueva época, la época de la imagen. Son en este
caso las demostraciones de las aseveraciones las que le brindan a estas su
adecuado fundamento. Bastaría, es cierto, desarrollar la forma perfecta del
cuerpo científico, y bastaría remitirse a las simples demostraciones y
apropiárselas al punto de adquirir mediante dicho consumación la indicación
certera de lo qué es la ciencia, por ejemplo. Sin embargo el anhelo de unos
cuantos por mantener unas formas pétreas, hundidas en el centro mismo y en lo
más profundo, lo más arcaico, añadiendo
a ello el que deliberadamente se reprima el concepto, la necesidad, así como la
reflexión, que en la finitud, tan sólo mora, es propio de la sobriedad y el
aletargamiento de aquellos que pretenden en sí mismos o propagan para otros la
pretensión de extraviarse en una indeterminada divinidad, en una nebulosidad
corrompida por la indolencia, poniendo, a su vez, las excusas que cree
necesarias para ello… [4]y
es que resulta tan doloroso desprenderse de uno mismo!
Nos detendremos en alguna de
esas excusas de aquí en adelante…
Andrès Acosta.
[1] Brecht, Bertold. Galileo Galilei.
Ed Ecoe. Bogotá. 1983 P. 9
[2] Me
refiero al primer círculo del infierno en la Divina Comedia de Dante Alighieri.
[3]
Brecht. Obra citada. P. 38
[4]
G.W.F. Hegel. Fenomenología del Espíritu. Fondo de Cultura Económica. Trad.
Wenceslao Roces. México. 2002. P. 11

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