Sabemos desde Galileo que no existe algo que permanezca en quietud, inmóvil

Sabemos desde Galileo que no existe algo que permanezca en quietud, inmóvil. Tanto la tierra, como los demás cuerpos celestes y demás giran en torno al sol y sin embargo éste mismo es una palanca que gira sobre otro cuerpo de mayor magnitud. Es la estructura misma del universo lo que se define y por ende la posición de quien la enuncia. Al no estar ningún planeta o astro fijado a un perenne punto de apoyo; al concebir que no es el sol el que se mueve de izquierda a derecha, como pretendían muchos teólogos diciendo que de esto está seguro hasta un niño; al pasar del centro mismo a un borde cualquiera se está en la certeza de hallarse ante algo nuevo, ante algo que comenzó siendo irreal, para luego ir llegando, poco a poco, a algo cada vez más determinado, algo concreto.
Este movimiento y a su vez el ardiente deseo por la captación del mismo son puestos como los signos de una nueva época, de un nuevo comienzo. Las representaciones que el sujeto se hacía de sí se ven poco a poco trastornadas; son paulatinos desprendimientos  de partículas de estructuras en decadencia. Y sin embargo comprendemos que en el nacimiento inmediato no se halla el símbolo de la perfección. Que si bien se han puesto los cimientos la construcción del edificio no es aún real. Por lo que un insignificante contentamiento resultaría peligroso y aletargaría al espíritu. En palabras de Hegel “El espíritu se revela tan pobre, que, como el peregrino en el desierto, para suspirar tan sólo por una gota de agua, por el tenue sentimiento de lo divino en general que necesita para  confortarse. Por esto, por lo poco que el espíritu necesita para contentarse, puede medirse la extensión de lo que ha perdido” [1]
La variabilidad de las costumbres, de las opiniones, su irreverente dogmatismo, son los que en verdad han ocultado quizás una verdad de antaño; ¡tanto tiempo se requiere para descubrir lo más evidente! Es el proceso acumulativo en el cual el primer aliento quiebra su gradualidad configurándose como un salto cualitativo, naciendo con ello el nuevo ser. Y si bien estas costumbres constituyen el pan de todos los días, no se considerará lícito mantenerse al margen de ellas, esto con la excusa o el barrunto de poseer un saber mejor. De ahí la importancia que requiere la formación, la divulgación, el saber popular. Pues es deber del mismo pueblo eliminar la representación escueta que tiene sobre sí, y esto lo puede lograr fácilmente con el saber que éste construye científicamente.



[1] G.W.F. Hegel. Fenomenología del Espíritu. Fondo de Cultura Económica. Trad. Wenceslao Roces. 1994. México, D.F. P.11

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