Galilei. Travesía de un hereje
Galilei. Travesía de un
hereje
Los discípulos de Galilei
hallaban plena satisfacción al no oír las campanas de San Marcos en Florencia
que indicarían la retractación de Galilei ante la Inquisición acerca de su
imagen del mundo.[1]
La claridad de estos sujetos en sus diálogos es admirable; uno de ellos el
pequeño monje, y el otro, Andrea, nos dicen:
“El pequeño monje: Por la
violencia no se puede hacer invisible lo que ya se ha visto”… “Andrea: ¡no
puedo esperar más! ¡Ésos son capaces de descabezar hasta a la verdad!”[2]
Entran en juego tanto la
verdad como la violencia: aquélla se convertiría con el pasar de los años en el
arma más confiable para los nuevos científicos y comerciantes de Holanda,
Inglaterra, norte de Italia, Francia, etc.; esta, la violencia, en el recurso
más admirable para quienes ordenan el que todas las cosas se muevan a su
alrededor. En aquélla cita surge una especie de esperanza y temor que no sólo
tiene que ver con la suerte de Galilei sino de toda la humanidad.
Pasan tres minutos y
Federzoni pone sus esperanzas en la nueva época:
“Federzoni: Ahora comienza
realmente la era del saber. Ésta es la hora de su nacimiento ¡Pensad si este
hubiera retractado!”[3]
El movimiento del espíritu
que se conoce a sí mismo a través del saber tuvo que pasar en principio por la
estación de la coacción. Si sabemos que con la matemática elaboramos nuestra
lógica independiente de toda experiencia a posteriori, y decir con ello que es
posible una ciencia puramente de la razón, concebida esta tarea como aquello
que quiere realizar y demostrar Kant; y si además de ello decimos que todo
aquello formo parte de la estructura de pensamiento de culturas remotas
plagadas con un cielo dotado de una riqueza pletórica de pensamientos y de
imágenes[4],
pero que con el infortunio logrado por la Iglesia, que ante hasta la misma
verdad fue capaz de retractarse, arrojando con ello al ojo del espíritu que se
vio coaccionado y arrojado así a la oscuridad del más acá, siguiendo en esto lo que nos dice Galilei: El que no sabe la verdad
simplemente es un ignorante, pero el que la sabe y la llama mentira es un
criminal; la criminal Iglesia asumió el papel de verdugo que se mantiene al
tanto de las acciones de su prisionero, de tal modo que cuando éste recaía en
una acción que no era apropiada para aquél se lo condenaba irremediablemente a
la hoguera, al silencio. Se le llamo hereje a Copérnico, se quemó a Giordano
Bruno por promover las ideas de aquél y se le obligo a Galilei a expresar como
fundamento del mundo a la Iglesia y no a la idea renovadora que él hizo del mundo…
Seguían pasando los
minutos y ningún ruido extraño y dice Andrea:
“Andrea: Quiere decir que
con la violencia no se puede lograr todo. Quiere decir: se puede vencer también
la insensatez, que no es invulnerable. Quiere decir: ¡el hombre no teme a la
muerte!”
En efecto, si bien la
muerte es lo más espantoso, no se puede renunciar a ella corriendo quién sabe a
dónde. “Pero la vida del espíritu no es la vida que se asusta ante la muerte y
se mantiene pura de la desolación, sino la que se sabe afrontarla y mantenerse
en ella”[5]
y en este caso, en vez de callar, pronuncio en contra suya y ante la Iglesia
todas las cosas de las que había asegurado ser lo más propio, lo creado por él
mismo. Sin embargo esta era la segunda ocasión en que ocurría esto. La ocasión
anterior ante el cuerpo militar de Italia. Y lo que pareció allí, tanto en un
caso como en otro una derrota de Galilei, termino siendo con el paso del tiempo
una victoria para él mismo. De ahí que nos diga en sus “Discorsi”:
¿No es claro acaso que un
caballo que cae de una altura de tres o cuatro varas puede romperse las patas,
mientras que un perro no sufre ningún daño? Lo mismo ocurre con un gato que cae
de ocho o diez varas de altura, con un grillo de una torre o con una hormiga
que cayera de la luna. Y así como los animales pequeños son, en proporción, más
fuertes y vigorosos que los grandes, de la misma manera las pequeñas plantas
son más resistentes. Un roble con una
altura de doscientas varas no podría sostener, en proporción, las ramas de un
roble más pequeño; así como la naturaleza no puede hacer crecer un caballo tan
grande como veinte caballos o un gigante diez veces mayor que el tamaño normal
sin que tenga que cambiar las proporciones de todos los miembros especialmente
de los huesos que deberían en ese caso ser reforzados en una medida mucho mayor
que su tamaño proporcional. La opinión general de que las máquinas grandes y
pequeñas tienen la misma resistencia es evidentemente errónea.”[6]
…
¿Qué oposición queremos
establecer aquí, qué implica el hecho de que en el interior de nuestro lenguaje
se configure otro tipo de representación; manifestándose al comienzo como la
vacua posibilidad de representarse algo de un modo distinto logrando con ello
la refutación de aquella primera manifestación? ¿Es la posibilidad infinita lo que
nos queda? El problema para nosotros es que aquella primera manifestación
quiere mostrarse como lo verdadero. Y quiere seguir aplicando a diversos
materiales la misma fórmula, y para lograr mayor versatilidad habla de cosas
curiosas y extrañas, relaciones contingentes, remitiéndose a otros intentos,
diciendo que todo está conocido, cualquier cosa de más implicaría pasar una
línea peligrosa, algo de lo que se preferiría callar, ya sea por una sujeción
servil o un autoengaño.
[1]
“Imagen del mundo, esencialmente entendido, no significa así una imagen del mundo sino el mundo entendido como
imagen. El ente en su totalidad es tomado ahora de tal modo que es y está
siendo sólo en cuanto es establecido por el hombre, que re-presenta y
pre-senta. Donde se llega a la imagen del mundo, allí se realizas una
decisión sobre el ente en su totalidad. El
ser del ente es buscado, y encontrado, en el estar representado del ente”
Heidegger, Martin. La época de la imagen del mundo. Ediciones de los Anales de
la Universidad de Chile. 1958. Trad. Alberto Wagner de Reyna. Santiago de
Chile. P. 39. (Conferencia pronunciada el 8 de junio de 1938 en la Universidad
de Friburgo (Alemanía) bajo el título. “La fundamentación de la moderna imagen
del mundo por la Metafísica)
[2]
Brecht, Bertold. Galileo Galilei. Ed. Ecoe. Bogotá, Colombia. Tercera edición
1983. P. 96
[3]
Ibíd.
[4]
Hegel. Ibíd., P. 11
[5]
Hegel. Ibíd. P.24
[6]
Brecht. Ibíd. P. 98
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